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Por:
Lic.
Carmela Rivadeneira, Lic. Ariel Minici y Lic. José
Dahab
El
trastorno bipolar es una categoría
diagnóstica utilizada para identificar a personas
cuyo estado anímico muestra fluctuaciones tan
drásticas que pueden requerir
hospitalización. Por un lado, estas personas
presentan períodos de pérdida de interés,
falta de concentración, intensa apatía
y alteraciones en el sueño y el apetito; todos
estos, síntomas comunes a la depresión.
No obstante, el paciente con trastorno bipolar, también
presentará lapsos durante los cuales se sentirá
eufórico y exageradamente optimista; probablemente
se involucre en muchos proyectos, gaste excesivamente
el dinero; seguramente hablará y mentirá
en exceso; quizá se ponga irritable, intolerante
y hasta violento. Vale decir, el paciente con trastorno
bipolar presenta períodos de disforia muy similares
a la depresión que alternan
con períodos de gran excitación, denominados
de manía o hipomanía
de acuerdo con su intensidad. Por supuesto, el paciente
bipolar también atraviesa lapsos de estabilidad
o intercrisis durante los cuales el estado de ánimo
se normaliza y los síntomas pueden desaparecer
incluso por completo. A estas fases se las denomina
“eutimia”, término general
con el que se designan los estados tranquilidad y
humor placentero.
La
expresión “estado de ánimo”
refiere al nivel motivacional basal que impulsa al
organismo a cumplir objetivos y a alcanzar metas más
allá de las necesidades básicas. La
regulación adecuada del estado anímico
nos permite realizar nuestras actividades diarias,
afrontar los problemas cotidianos y, eventualmente,
los estresores extraordinarios. En efecto, la cualidad
del estado anímico varía en función
de los ambientes en los cuales nos hallemos y las
demandas que los mismos nos planteen. Tal regulación
se produce de manera automática y natural en
la mayoría de las personas. No obstante, en
quien sufre un desorden bipolar, el equilibrio anímico
se ve alterado.
La principal causa identificada de una tal desregulación
es de índole genética, lo cual equivale
a decir que la bipolaridad constituye sin lugar a
dudas una enfermedad médica con bases orgánicas.
Ello no obsta para que factores psicológicos
tengan un rol preponderante. En este sentido, la investigación
ha claramente documentado que los factores ambientales
actúan como desencadenantes de las crisis,
lo cual torna al manejo de los estresores cotidianos
un elemento clave en la terapéutica del trastorno.
El
tratamiento del desorden bipolar.
En
vistas de que la etiología del trastorno es
principalmente de tipo orgánica, la
primera línea de intervención será
la terapia medicamentosa, supervisada
por un médico psiquiatra. El fármaco
más ampliamente prescripto es el carbonato
de litio, el cual ayuda a la regulación del
estado de ánimo y ejerce por ende un efecto
preventivo sobre las crisis afectivas. Algunos medicamentos
tradicionalmente utilizados para el tratamiento de
la epilepsia, también han mostrado su efectividad
respecto del desorden bipolar. Tal es el caso de la
carbamacepina o el ácido valproico. Durante
los episodios de disforia, se pueden combinar con
los característicos inhibidores selectivos
de la recaptación de serotonina (I.S.R.S.)
por su efecto antidepresivo.
Sea cual fuera la droga prescripta, resulta crucial
que el paciente obedezca estrictamente las pautas
para su ingesta. El abandono de la terapia medicamentosa
no sólo representa el camino seguro hacia una
recaída sino que creará resistencia
al fármaco, tornándolo menos efectivo
cuando se ingiera en el futuro. En este es justamente
uno de los temas de la terapia psicológica.
El tratamiento psicológico del trastorno bipolar
posee como objetivos generales el mejorar la calidad
de vida del paciente, aumentando la duración
de los períodos de intercrisis y disminuyendo
tanto la frecuencia como la intensidad de los períodos
de crisis. Para ello, se han aislado algunos tópicos
mínimos que la terapia psicológica debe
abordar:
- La psicoeducación, que
rondará acerca de las características
del cuadro, su cronicidad y su manejo. Particularmente,
debe incluirse un capítulo vinculado a la
adherencia al tratamiento farmacológico.
- El entrenamiento en el manejo del estrés,
puesto que este proceso se ha documentado como uno
de los principales disparadores y moduladores de
las crisis.
- El establecimiento de rutinas y ciclos
que ayuden a regular el estado de ánimo.
En vistas a este objetivo, vale destacar el aporte
de Ellen Frank, una psiquiatra
norteamericana quien desarrolló un programa
terapéutico denominado terapia interpersonal
y de ritmo social.
En
el marco de una terapia cognitivo conductual,
los tópicos arriba mencionados se trabajan
con múltiples procedimientos. De este modo,
herramientas como la discusión de pensamientos
automáticos, el entrenamiento en resolución
de problemas, el entrenamiento autoinstruccional o
la relajación muscular profunda, se adaptan
y conjugan en programas diseñados para responder
a las necesidades del desorden bipolar. Vale decir,
quizá las técnicas sean iguales o muy
similares, pero los objetivos y la manera de aplicación
difiere. Por lo tanto, para este trastorno pesa más
que para otros la recomendación de no aplicar
procedimientos terapéuticos de manera mecánica,
sin una adecuada conceptualización y evaluación
del caso y, especialmente, sin un conocimiento acerca
de las particularidades psicopatológicas del
diagnóstico. En este sentido, proponemos a
continuación algunas sugerencias que el terapeuta
cognitivo conductual deberá observar al trabajar
con pacientes que padecen trastorno bipolar.
Sugerencias
para el terapeuta que trata pacientes con trastorno
bipolar:
1)
Propiciar que el paciente mantenga un nivel adecuado
de autoobservación sobre su estado de ánimo,
especialmente atento a cambios que marquen el inicio
de los estados afectivos.
2) Monitorear el sueño; pues sus alteraciones
tanto en cantidad como en calidad suelen anteceder
a los episodios afectivos.
3) Trabajar con la meta de establecer rutinas de
sueño. Es crítico para prevenir las
recaídas que el paciente duerma entre ocho
y nueve horas diarias. Dormir menos de 7 horas conlleva
el riesgo de una fase hipomaníaca, dormir
más de 10 horas aumenta la probabilidad de
un episodio depresivo.
4) Propiciar que el paciente no consuma alcohol
ni otras drogas. Las sustancias estimulantes, como
el café o las bebidas cola, incrementan el
riesgo de un ciclo maníaco.
5) Disuadir al paciente de dietas rigurosas. La
privación de comida provoca mucha ansiedad
e irritabilidad, lo cual constituye un facilitador
para entrar en una fase hipomaníaca. Asimismo,
la disminución brusca del peso trae aparejados
cambios metabólicos que pueden a su vez provocar
una recaída. Por lo tanto, si el paciente
tiene sobrepeso, debe perderlo gradualmente y con
una dieta basada en la alimentación sana.
6) Conformar una red de apoyo social que, entre
otras cosas, advierta sobre cambios en el humor
de los cuales el paciente no se percate.
7) Insistir mucho sobre la responsabilidad de la
toma de la medicación. La adherencia al tratamiento
farmacológico es uno de los aspectos críticos
a tratar durante la psicoeducación.
8) Mantener un buen “rapport” y crear
un clima de confianza de modo tal que el paciente
se sienta cómodo como para contar a su terapeuta
TODOS sus síntomas. En ocasiones, algunos
cambios aparentemente irrelevantes en hábitos
de alimentación, en la actividad sexual o
en la vestimenta, podrían representar el
primer signo sutil de una pronta recaída.
9) Favorecer hábitos y rutinas ordenadas.
Desde el sueño hasta las actividades laborales,
pasando por los momentos de recreación y
ocio, deberían conducirse de manera rítmica
y ordenada; ello disminuye la probabilidad de episodios
afectivos críticos.
10) Trabajar mucho en la prevención y manejo
del estrés. En este sentido, cobran importancia
los programas terapéuticos específicamente
diseñados a tal fin.
11) Enseñar al paciente a convivir con el
trastorno; aceptarlo. Negarlo no hará más
que empeorarlo.
12) Guiar a los familiares del paciente sobre como
deben interactuar con el mismo; tanto durante las
crisis, como en los momentos de estabilidad. El
abordaje conductual familiar se ha mostrado útil
para la prevención de recaídas.
A
pesar de que el trastorno bipolar es un cuadro crónico
cuya cura completa no se ha brindado aún de
manos de la ciencia, sí existen tratamientos
farmacológicos y psicológicos que mejoran
sustancialmente la calidad de vida de quien
lo padece. Es responsabilidad del
profesional conocerlos y aplicarlos.
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