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Por:
Lic.
José Dahab, Lic.
Ariel Minici, y Lic.
Carmela Rivadeneira
La
depresión “clínica” es mucho más
acentuada y grave que la depresión “normal”
que experimentan todos los seres humanos ante determinadas
situaciones. Es normal y transitorio sentir tristeza cuando
muere un familiar, ante problemas laborales o académicos,
ante la imposibilidad de concretar un viaje o un encuentro
con un amigo un fin de semana. Sin embargo, cuando la depresión
se torna intensa y se presenta de modo consistente casi a
diario –estén o no los sucesos que generan tristeza-
la persona padece un trastorno del estado de ánimo.
Los
trastornos del estado de ánimo muestran frecuentemente
alteraciones del humor o un estado emocional negativo de carácter
prolongado y persistente. El desorden más común
dentro de este grupo es la depresión
(Trastorno Depresivo Mayor según el DSM-IV), un estado
en el que la persona se siente muy triste y pierde el interés
en la realización de actividades cotidianas. Aparecen
sentimientos de inutilidad y desesperanza que se cristalizan
en la idea de que la persona ha fracasado en su vida. El cansancio
frecuente e intenso es acompañado de una gran dificultad
para tomar decisiones aún en actividades muy sencillas.
De este modo, incluso preparase un plato de comida o bañarse
pueden transformarse en un problema imposible de resolver.
El cuadro se completa con síntomas tales como insomnio
o hipersomnia, dificultad para la concentración y falta
de deseo sexual. Los pacientes graves pueden llevar a cabo
intentos de suicidio.
La
depresión, entonces, presenta diversas características
clínicas en las siguientes áreas:
Estado
de ánimo: sentimientos de tristeza, preocupación,
vacío, melancolía, sensación de infelicidad.
Cognoscitiva:
dificultades en la concentración, pérdida de
interés, pensamientos negativos, culpa, indecisión,
ideas suicidas.
Conducta:
retraso o agitación psicomotriz, aislamiento, relaciones
de dependencia, llanto, suicidio.
Somática:
insomnio o hipersomnia, fatiga, aumento o disminución
de apetito, pérdida o incremento del peso, molestias
gástricas, falta de deseo sexual.
Además
del Trastorno Depresivo Mayor, al cual comúnmente se
lo llama simplemente “depresión”, existen
otros Trastornos del Estado de Ánimo: Trastorno Distímico,
Trastornos Bipolares, Trastorno Ciclotímico, etc.
La
Depresión desde la perspectiva cognitivo-conductual
Desde
la perspectiva cognitiva (Aaron Beck, 1967) el paciente con
depresión presenta un esquema que involucra una visión
negativa de sí mismo, del entorno y del futuro. A este
esquema se lo conoce como la tríada cognitiva. El paciente
se ve a sí mismo incapaz e inútil, quizás
despreciable o defectuoso. Con relación a su entorno,
interpreta en términos de daños y pérdidas
la mayor parte de sus experiencias vitales al tiempo que cree
que el futuro vendrá acompañado de fracasos
y frustraciones. Dado que la persona con depresión
se siente desesperanzada, cree que las situaciones venideras
serán incontrolables; responde entonces con pasividad,
resignada a no poder modificarlas.
Otros
enfoques plantean que el impacto de sucesos vitales estresantes
predispone a la depresión cuando el paciente no posee
habilidades específicas para enfrentarlos y resolverlos.
El
tratamiento conductual de la depresión está
orientado a cambiar las contingencias que mantienen el estado
de ánimo depresivo; pues es frecuente que el paciente
no reciba reforzamiento ambiental ni por las tareas que lleva
a cabo ni en sus relaciones interpersonales. Comúnmente,
el paciente no siente deseos de llevar a cabo actividades
por lo cual se establecen objetivos pequeños al principio
que se transforman progresivamente en otros de mayor complejidad.
Los
procedimientos conductuales más utilizados incluyen:
-
Programación y ejecución de actividades graduales.
-
Reforzamiento de las pequeñas acciones realizadas.
-
Entrenamiento en resolución de problemas.
-
Aprendizaje de habilidades de afrontamiento para situaciones
estresantes.
A
medida que el paciente percibe que tiene dominio de las actividades
que realiza y que disfruta de las mismas, va recuperando la
confianza en sí mismo. De este modo, se anima a llevar
a cabo tareas que hace tiempo había abandonado tales
como el ejercicio físico, hobbies, estudios, etc.
El
tratamiento cognitivo de la depresión tiene como objetivo
la reestructuración de los pensamientos distorsionados
que generan malestar en el paciente. El terapeuta enseña
al paciente a reemplazarlos por otros más realistas
y positivos.
Por
ejemplo, un hombre de 49 años, divorciado recientemente
es rechazado cuando intenta concretar una primera cita. El
paciente interpreta este evento de modo extremadamente negativo,
desarrollando un cuadro depresivo. Se dice a sí mismo
frases negativas como: “no soy agradable para los demás”,
“me equivoqué en lo que hice”, “nunca
voy a poder concretar citas, me quedaré solo”.
Este modo de pensar lo condujo a que no intentara generar
nuevos contactos sociales, recluyéndose todavía
más y llegando a la conclusión de que su vida
no tiene ningún sentido. Los pensamientos negativos
distorsionados y las expectativas de fracaso predisponen a
que el paciente permanezca más desesperanzado e inactivo
aún.
Durante
la terapia el paciente aprende a identificar los pensamientos
negativos, a discutirlos y transformarlos en realistas y positivos.
Entiende, por ejemplo, que el hecho de ser rechazado en una
cita no implica que se quedará solo. La modificación
de los pensamientos negativos conduce a cambios favorables
en el estado de ánimo y a mejorar la visión
que posee el paciente de sí mismo, del entorno y de
su futuro.
Hábitos
que ayudan a reducir la depresión
1.
Realizar actividades constructivas.
La
acción permite reducir la depresión. Muchos
pacientes no hacen determinadas tareas porque dicen “no
tener ganas”. Es un círculo vicioso: cuanto menos
hacen, más se deprimen y menos deseos tendrán
de iniciar actividades.
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Confeccione una lista de actividades diarias desde el inicio
del día hasta la noche. En la depresión incluso
las pequeñas tareas se perciben como si fuesen enormes
y arduas.
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Divida las actividades complejas en pasos pequeños.
-
No espere sentir ganas de actuar para empezar a hacerlo. La
acción debe preceder a la motivación.
2.
Realice actividad física de modo constante / practique
hábitos de salud.
-
El ejercicio físico mejora el estado de ánimo
y favorece la relajación. No se imponga metas demasiado
exigentes al principio. Comience el primer día con
ejercicios livianos y aumente gradualmente el tiempo que ejercita.
3.
Practique actividades placenteras.
-
Programe su tiempo para hobbies, actividades de tiempo libre
y contacto con la naturaleza.
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Capacítese en disciplinas que desearía conocer.
4.
Evite el aislamiento
-
Reúnase con amigos, practique vida social. El apoyo
social reduce el estrés y la depresión.
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