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Por:
Lic.
Ariel Minici, Lic. Carmela Rivadeneira y Lic.
José Dahab
La
depresión constituye uno de
los motivos de consulta más habituales en los
servicios de salud mental de todo el mundo. Aparte
del significativo deterioro que produce en la calidad
de vida, conlleva un importante riesgo. En efecto,
es en personas con cuadros depresivos donde más
impacta el suicidio. Afortudamente,
las investigaciones en Ciencias del Comportamiento,
especialmente en Psicología, han arrivado a
buenas conceptualizaciones de este desorden, proveyendo
también formas eficaces para su terapéutica.
A continuación, caracterizaremos brevemente
qué es la depresión,
mencionaremos luego algunas hipótesis psicológicas
explicativas, finalizando con la referencia a los
tratamientos actuales con apoyo empírico.
La
depresión se caracteriza por
un estado de ánimo disfórico y triste,
con una marcada dificultad para experimentar placer
en la mayoría de las actividades cotidianas.
La persona pierde el interés de manera generalizada,
siente escasa motivación incluso para efectuar
conductas que otrora fueron agradables. Son muy comunes
los sentimientos de culpa e inutilidad, con un marcado
pesimismo hacia el futuro. El cuadro se acompaña
habitualmente de trastornos del sueño, cambios
en el apetito y dificultades para concentrarse. Muy
típicamente, la persona abandona sus tareas
más cotidianas o las efectúa con mucha
dificultad. Así, puede dejar de estudiar, trabajar
o simplemente no ver más a sus amigos y familiares.
De modo general, el cuadro se caracteriza por una
merma de la actividad, acompañada de un profundo
sentimiento de malestar.
Desde las Ciencias del Comportamiento
se han propuesto diversas hipótesis y modelos
para explicar un tamaño cambio en la conducta.
Sintéticamente, mencionaremos:
Ferster y Lewinsohn
formularon el denominado “modelo sociambiental”
uno de los planteamientos conductuales más
aceptados para explicar el fenómeno depresivo.
Tomando como base el paradigma del aprendizaje operante,
plantearon que las depresión se producía
por una disminución en la tasa de
reforzamiento positivo que recibe la persona por oposición
al reforzamiento negativo. Desde allí, sugirieron
técnicas terapéuticas como la ejecución
gradual de tareas, cuya eficacia ha sido más
que demostrada.
Trabajando en el marco de la Psicología
Comparada, Seligman y Overmier
descubrieron un fenómeno denominado “desesperanza
aprendida”, el cual no sólo sirvió
como un modelo de la depresión
humana sino que también fue el puntapié
de varias líneas de investigación, una
de las cuales derivó en la actual “Psicología
Positiva”. La hipótesis central
de la desesperanza aprendida afirma que la depresión
se produciría porque la persona pierde la percepción
de control sobre su ambiente. Más precisamente,
la desesperanza aprendida constituye un síndrome
resultante de un cambio en la percepción de
la propia eficacia, la persona aprende que los eventos
motivacionalmente significativos son independientes
de la propia conducta y, por lo tanto, incontrolables.
Por supuesto, el modelo también ha otorgado
procedimientos terapéuticos tales como la terapia
de reatribución y cambio del locus de control.
Seguramente, el planteamiento más difundido
en nuestro medio es el de la Terapia Cognitiva,
de Aaron Beck. Este autor propone
una organización estructural del pensamiento
depresivo, en cuyo núcleo, las creencias y
esquemas, operarían distorsionadamente, conduciendo
por consecuencia a otro conjunto de desajustes en
el resto del sistema. Así, Beck
ha propuesto a la tríada cognitiva como el
esquema central de la depresión,
ella consiste en una visión negativa de uno
mismo, del entorno y del futuro. Desde allí,
la persona cometería errores cogntivos que
redundarían en los pensamientos automáticos
negativos tan característicos del paciente
deprimido. En pocas palabras, Beck
postula una suerte de filtro o plantilla mental distorsionada
con la cual la persona percibe y categoriza su medio.
Naturalmente, el modelo ha redundado en diseños
técnicos muy aceptados. La terapia cognitiva
es de hecho un programa de tratamiento, manualizado
y cuya eficacia se ha establecido en ensayos empíricos
controlados. En este punto, deseamos remarcar que
a diferencia de muchos psicologos cognitivos de nuestro
medio, tanto Aaron Beck como Freeman,
Ellis, Bandura,
Lazarus o Seligman,
subrayan la importancia de la aplicación de
técnicas conductuales en los casos de depresión
y más aún, en casos graves.
Por supuesto, existen muchísimas otras hipótesis
explicativas de la depresión,
las cuales no sólo no se oponen sino que complementan
los tres paradigmas mencionados. Por cuestiones de
espacio, aquí únicamente mencionaremos
a los modelos neurocientíficos, los cuales
no sólo han despejado factores biológicos
involucrados sino que han redundado en el diseño
de tratamientos farmacológicos que, dicho sea
de paso, los psicólogos no deberían
desconocer.
El
tratamiento cognitivo conductual
de la depresión no se limita
a un modelo o autor determinado, sino que por el contrario,
conjuga los aportes de diferentes paradigmas de investigación.
Se aborda el desorden con programas integrales y multicomponentes,
conformados por varias técnicas ordenadas en
función de la evaluación de cada caso.
Referimos
a continuación algunas de las más sobresalientes:
·
La programación y ejecución gradual
de actividades, consiste en la planificación
sistemática de tareas en grado creciente
de dificultad, de modo que se garantice el éxito
del paciente en cada actividad propuesta y esto
aumente la motivación para la siguiente.
Se fomenta muy especialmente la emisión de
conductas sociales.
·
El entrenamiento en habilidades de solución
de problemas, de modo tal de aumentar la probabilidad
del paciente de dispensarse una mayor tasa de reforzamiento
positivo.
·
Aprendizaje de habilidades de afrontamiento para
el manejo de situaciones estresantes.
·
La reestructuración cognitiva, la cual más
que una técnica es un proceso que se lleva
a cabo con diversos procedimientos. Uno de los más
difundidos, la discusión cognitiva, enseña
al paciente a evaluar sistemáticamente sus
pensamientos sobre la base de su validez y utilidad,
de suerte tal de que los mismos se tornen más
realista y por ende, redunden en una mejor capacidad
de solucionar problemas.
La
efectividad de la Terapia Cognitivo Conductual
(TCC) para el tratamiento de la depresión
se halla más que documentada.
Los ensayos controlados no sólo han mostrado
que el cuadro remite con TCC sino
que la tasa de efectividad supera incluso a la de
la farmacoterapia en algunos casos. En relación
con ello, valdría la pena señalar que
los resultados de las investigaciones arrojan como
conclusión general que la TCC
es la opción más recomendada en depresiones
leves y moderadas; no obstante, cuando de depresiones
graves se trata, lo más eficaz ha resultado
de un abordaje psicofarmacológico, esto es,
la combinación de terapia
farmacológica con tratamiento psicológico.
Si bien se trata de un cuadro complejo, la investigación
científica ha progresado lo suficiente como
para ofrecer a las personas con depresión
tratamientos psicológicos eficaces. Más
allá de los gustos y preferencias personales,
compete a la resposabilidad profesional el
conocerlos y aplicarlos.
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