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Por:
Lic.
Carmela Rivadeneira, Lic.
José Dahab,
y Lic.
Ariel Minici
Quizá,
todas las consultas que recibe un psicoterapeuta tienen como
móvil principal y último el malestar emocional
subjetivamente experimentado por la persona que solicita sus
servicios. La persona que decide buscar ayuda con un profesional
de la salud mental sufre a raíz de emociones negativas
que está vivenciando. Por ello, cualquier enfoque que
pretenda dar respuestas efectivas en lo que a clínica
psicológica se refiere debe plantearse la pregunta
¿cómo y por qué se producen las emociones
en general y las emociones negativas en particular? Seguramente,
esta ha sido y seguirá siendo una de las grandes preguntas
de la psicología. Nosotros, con un objetivo más
modesto, intentaremos discutir algunos aportes de la Terapia
Cognitiva al mencionado interrogante.
Frecuentemente, se interpreta de modo erróneo que desde
el enfoque cognitivo se plantea que las emociones negativas
surgen de manera lineal y directa a partir de pensamientos
negativos, en un modelo unicausal como se describe a continuación:
De
este modo, la persona se siente triste porque está
pensando “soy un inútil, todo me sale mal”
o se siente ansiosa debido a que piensa “está
llegando tarde, y si le pasó algo”. Consecuentemente,
si cambiamos esos pensamientos por otros más saludables,
se modificará el estado emocional. En verdad, una tal
idea es correcta y hay sobradas evidencias de que la modificación
directa del pensamiento conduce a la modificación de
las emociones. De ahí es que gran parte de las técnicas
tengan por meta más inmediata promover el cambio cognitivo,
porque ello lleva al cambio emocional. No obstante, esto constituye
sólo una parte del problema, existen otros aspectos
menos mencionados, pero no por ello menos importantes.
En primer lugar, hay que señalar la relación
inversa, es decir, la influencia que ejercen las emociones
sobre los pensamientos. Esto es lo que tradicionalmente se
ha denominado sesgo en el procesamiento de la información.
Un sesgo se conceptualiza como la preferencia sistemática
en la selección de información que un organismo
efectúa guiado por variables emocionales. En este sentido,
se ha demostrado que las personas en estado de ansiedad tienden
a buscar y concentrarse inconscientemente en estímulos
amenazantes del ambiente externo. Los depresivos suelen recordar
con mayor claridad momentos tristes y difíciles de
su pasado. De acuerdo a lo planteado hasta aquí, una
mejor descripción del modelo quedaría así:
Ahora
bien, esta interacción entre pensamiento y emoción
tiene lugar en un sujeto que interactúa en un ambiente
concreto a través de su comportamiento. He ahí
otros dos elementos claves del modelo: comportamiento y ambiente.
Si bien el significado otorgado a las situaciones a través
del pensamiento se revela como un proceso central en la producción
de emociones, el nivel de estrés plantado por el contexto
físico y social también resulta de crucial importancia.
Por ejemplo, la gran mayoría de los agorafóbicos
informan haber estado pasando por un período de estrés
cuando comenzó la agorafobia. Asimismo, eventos estresantes
tales como muerte de personas queridas, problemas laborales
y económicos, mudanzas, entre otros, han sido reportados
como factores precipitantes en episodios depresivos o crisis
y recaídas de pacientes con trastorno obsesivo compulsivo.
En suma, esto es una relación bien conocida: los estresores
psicosociales precipitan las crisis de la salud mental. Todo
esto, claro está, llevado a cabo por un sujeto activo
que hace, que actúa, que se mueve en ese ambiente más
o menos estresante, es decir, tiene comportamientos. La conducta,
entendida como manifestación observable de un organismo,
posee fuete influencia en las emociones a través de
varias vías. Veamos algunas más importantes.
Primero,
de manera muy directa, existen comportamientos que facilitan
la liberación de sustancias con impacto inmediato en
el estado anímico. Tal es el caso del ejercicio físico
o el mantenimiento de relaciones sexuales, actividades que
producen la liberación de endorfinas con la consecuente
sensación de relajación que a ellas acompaña.
Segundo, los comportamientos de las personas son en sí
mismos partes integrantes esenciales de las mismas situaciones
a las que otorgamos tonalidad emocional a través de
los procesos de pensamiento. Así, una persona con depresión
observa su propio comportamiento de haber permanecido en la
cama varios días sin bañarse y piensa: “soy
un inútil y un sucio”, entones se entristece
aún más. En este caso, es el mismo comportamiento
el que facilita la producción de nuevas cogniciones
de inutilidad. Tercero, el comportamiento de un individuo
opera sobre el ambiente y con ello genera consecuencias para
sí mismo, las cuales cierran un circuito de feedback.
De este modo, la conducta construye el entorno de manera permanente,
produciendo así las condiciones que luego actúan
sobre el mismo individuo que las generó. Es por este
motivo que las personas con dificultades en el manejo de su
enojo se ven recompensados de manera sistemática cuando
expresan su ira explosivamente: gritar, insultar, “explotar”
suele conducir a obtener la sumisión de otras personas.
En esta misma línea es que las habilidades sociales
reducen en estrés; en efecto, el comportamiento socialmente
habilidoso facilita que las demás personas nos brinden
respuestas empáticas y favorables.
Sintetizando,
desde el punto de vista cognitivo se postula un modelo de
diátesis-estrés en el cual los acontecimientos
vitales, los pensamientos, los comportamientos y las emociones
se hallan recíprocamente vinculados conformando un
sistema de procesamiento de información, regulación
conductual y motivacional.
¿Por
qué sucede entonces que los procedimientos técnicos
propuestos desde el modelo cognitivo han acentuado la influencia
que el pensamiento ejerce sobre las emociones? ¿Por
qué existen más técnicas que apunten
a reestructurar pensamientos con el fin de modificar el estado
anímico y pocas que se sostengan en la relación
inversa? La respuesta es fundamentalmente pragmática.
En efecto, no debemos olvidar que la Terapia Cognitiva ha
tenido desde sus mismo inicios el objetivo de promover el
cambio emocional y conductual para lo cual el pensamiento
representa la mejor puerta de entrada al sistema. Vale decir,
de todos los elementos vinculados en la producción
del malestar emocional, el pensamiento representa aquél
más maleable, más fácilmente modificable
y por lo tanto, un buen punto de inicio para promover el cambio.
Dado que el funcionamiento cognitivo constituye un sistema
de elementos vinculados e interdependientes, el cambio en
una parte del sistema iniciará una “reacción
en cadena” que se propagará hacia otras zonas.
Consecuentemente, si modificando el pensamiento favorecemos
el cambio en la tonalidad afectiva, lo cual a su vez tendrá
efectos en los mismos pensamientos pero también en
el comportamiento y por lo tanto en el nivel de estrés
ambiental. Todo lo cual volverá a redundar sobre las
emociones y los pensamientos iniciando otros ciclos de cambios
sistémicos que se perpetuarán hasta que virtualmente
se alcance un nuevo punto de homeostasis. Así, una
persona depresiva que aprende a reemplazar sus ideas de inutilidad
por otras más saludables hallará un alivio a
su malestar emocional. Ello lo conducirá a un mayor
nivel de actividad, lo cual redundará en una mejora
de su estado anímico y facilitará la aparición
de cogniciones más adaptativas y realistas. Si este
proceso continúa en el mismo sentido, se llegará
finalmente a un punto de equilibrio en el cual la persona
haya recuperado un nivel de funcionamiento saludable. El sistema
halla ahora un punto de homeostasis y se mantiene por su mismo
funcionamiento. La depresión ha remitido, el terapeuta
da el alta al paciente y nosotros terminamos este artículo.
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