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Por:
Lic.
Carmela Rivadeneira, Lic. José
Dahab y Lic. Ariel Minici
Al igual que otras emociones, el enojo o la
ira constituyen una manera habitual y sana de reaccionar ante
una variada gama de situaciones con las cuales las personas
nos vemos enfrentadas cotidianamente. En efecto, el enojo
adecuado nos ayuda a resolver un desacuerdo, reclamar nuestros
derechos o simplemente marcar límites. No obstante,
en algunos casos, la ira se convierte en un problema que deriva
en serias consecuencias para la salud y la calidad de vida
en general. Discutimos a continuación las diferencias
entre la ira saludable y la problemática, clarificando
algunos aspectos de sus procesos psicológicos y señalando
algunos procedimientos cognitivos para su abordaje terapéutico.
Si bien no existen criterios tajantes y unívocos
para diferenciar el enojo saludable del patológico,
hay en la literatura científica actual un consenso
acerca de que el grado y las consecuencias de la ira revisten
especial importancia. De este modo, será patológico
cuando sea experimentado en montos elevados y/o cuando acarree
consecuencias negativas importantes. Veamos más detalladamente
cada uno de estos aspectos.
Desde un punto de vista psicológico,
estimamos el nivel de enojo sobre la base de su frecuencia,
su intensidad y su duración. De este modo, el sentimiento
será patológico cuando se presente mucha veces
en un período determinado (frecuencia), se experimente
subjetivamente con demasiada fuerza (intensidad) y se prolongue
por largos períodos (duración). Contrariamente,
el sentimiento de enojo poco frecuente, leve y de corta duración
será probablemente más adaptativo.
La evaluación de las consecuencias del enojo abre varias
vertientes de discusión. Entre ellas, sobresale el
análisis de su expresión. En este sentido, se
han distinguido al menos tres grandes formas en que la ira
puede ser manifestada, cada una de ellas con un impacto diferencial
sobre la salud y bienestar de la persona. Primero, el enojo
puede ser suprimido, vale decir, la persona
puede rumiar sobre la provocación del enojo, proferir
internamente insultos o maldiciones, mas no expresar abiertamente
ningún malestar. Esta modalidad, identificada comúnmente
con el “explotar hacia adentro” se ha revelado
sumamente dañina para la salud física, acarreando
problemas cardiovasculares, gastrointestinales o inmunitarios,
por sólo mencionar los más comunes. Segundo,
el enojo puede expresarse explosivamente,
con insultos, gritos e incluso, agresiones físicas.
Aunque en menor medida que la supresión, la manifestación
explosiva también se asocia con problemas de salud
física. No obstante, sus consecuencias se traducen
más visiblemente en problemas interpersonales que dificultan
el adecuado desarrollo social de la persona. Muy típicamente,
la persona con un estilo explosivo de enojo halla dificultades
para relacionarse con compañeros de trabajo o estudio;
ni que hablar de los problemas de pareja, donde el impacto
puede alcanzar escenarios tan graves como la separación.
Finalmente, el enojo puede expresarse de manera asertiva,
vale decir, con verbalizaciones, gestos, tonos de voz y, en
general, comportamientos que marquen claramente la molestia
de la persona pero de manera socialmente aceptable. La asertividad
constituye la forma adecuada de expresión del enojo
pues representa un impacto negativo menor sobre la salud y
sobre las relaciones interpersonales. Más aún,
la manifestación asertiva de la ira puede ayudar a
mejorar la calidad de los vínculos al ser una vía
de resolución de conflictos.
Ahora bien, más allá de lo
saludable del enojo y sus consecuencias, ¿por qué
nos enojamos? Esta pregunta, que apunta al corazón
del enojo como tema y problema de la psicología, requeriría
largas páginas para ser respondida. Nosotros sólo
nos referiremos brevemente a una de las aristas importantes
en su etiología: la valoración cognitiva.
Independientemente de la provocación más o menos
específica que reciba la persona, la ira se halla signada
cognitivamente por el significado de daño e injusticia,
especialmente perpetrado por alguien de manera intencional.
En pocas palabras, la persona enojada tenderá a presentar
en el foco de su conciencia pensamientos automáticos
que conlleven las ideas de que está siendo perjudicada
injusta e intencionalmente, tal como “me lo hace
a propósito”, “es impuntual y
no le importa”, “sabe que me molesta
e igual llega tarde” o el característico
“es injusto”, frase tan frecuentemente
proferida en los estados de enojo.
La reestructuración cognitiva, apuntalada
en la discusión y cambio de los pensamientos automáticos,
constituye una potente herramienta para ayudar a los pacientes
a manejar la ira patológica.
Técnicas
de modificación de pensamientos automáticos
para el manejo del enojo:
*
PRACTICAR LA EMPATÍA: Consiste simplemente
en aprender a ponerse en la situación del otro. Es
importante poder explicar el comportamiento de la persona
desde su punto de vista y no sólo desde el nuestro.
· Pensamientos automáticos:
“me tiene harta con su impuntualidad, no piensa en mí”,
“debería haberme llamado”.
· Pensamientos alternativos: “tal
vez le cueste organizarse entre el trabajo y el estudio, está
con muchas actividades”, “pueden haber imprevistos,
quizá tuvo una complicación”.
*
MODIFICAR EL PENSAMIENTO DICOTÓMICO Y LAS EXAGERACIONES:
muy habitualmente, la persona irascible califica el comportamiento
ajeno en términos extremos de blanco/negro. Por lo
tanto, resulta aconsejable que aprenda a ver matices intermedios
en las situaciones interpersonales, esto significa interpretar
las cosas no sólo como todo o nada.
· Pensamiento automático: “siempre
hace lo mismo”
· Pensamiento alternativo: “llegó
tarde hoy; de hecho últimamente viene llegado puntual;
no siempre llega tarde”.
*
EVITAR LAS ETIQUETAS Y LOS JUICIOS: El pensamiento
dicotómico tiende a juzgar y etiquetar a los demás;
se confunde conducta con personalidad: “las personas
se equivocan, porque son así, tienen un defecto en
su personalidad”. A los fines de reducir el enojo, conviene
evaluar la conducta del otro, no la personalidad del otro.
· Pensamientos automáticos:
“es desconsiderado conmigo”; “es desordenado”;
“debería hacer tratamiento y cambiar su personalidad”;
“no es normal”.
· Pensamientos alternativos: “no
me gustan sus llegadas tarde; de todos modos es una buena
persona en muchos aspectos”.
*
CUESTIONAR LA “INTENCIONALIDAD” DEL OTRO:
las personas con ira patológica tienden a creer que
los demás se comportan “a propósito”,
se sienten entonces víctimas del comportamiento ajeno.
Fomentamos en este caso que el paciente elabore otro tipo
de explicaciones.
· Pensamientos automáticos:
“me lo hace a propósito, él sabe que a
mí me molesta esto”; “llega tarde para
provocarme”.
· Pensamientos alternativos: “está
llegando tarde, pero no es personal”; “es impuntual
con muchas personas, no sólo conmigo, no lo hace para
provocarme”.
Como puede observarse, las técnicas
cognitivas tienen como objeto la reformulación de los
pensamientos automáticos “irascibles”.
No implican en absoluto adoptar una postura sumisa o callar
los desacuerdos, sino que apuntan a mejorar el manejo del
enojo. Ello aumenta la salud, la calidad de vida y el bienestar
general. Por supuesto, también colabora para que una
diferencia o discusión no derive en peleas o rupturas.
En este sentido, la modificación de la forma de pensar
puede conducir finalmente a una mejora en la calidad de las
relaciones interpersonales.
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