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Por:
Lic.
José Dahab, Lic. Ariel
Minici y Lic. Carmela Rivadeneira
“…estoy estresado…”,
“…tengo mucho estrés…”,
“…se tomó una licencia por estrés
laboral…” son hoy frases fácilmente
proferidas por el habitante promedio de nuestra ciudad. En
efecto, la palabra “estrés” ha pasado a
conformar parte de nuestro vocabulario cotidiano. No obstante,
pocas personas imaginarían que hace tan sólo
unos 50 años fue introducida en el campo de las ciencias
de la salud. Pero en tan escaso período ha generado
una profusa investigación y ha acaparado la atención
de gran parte de la comunidad científica. Desarrollamos
a continuación una breve conceptualización del
proceso de estrés, enfatizando su impacto en la salud
y las formas de prevenirlo.
Dicho sucintamente, el estrés constituye
un conjunto de respuestas adaptativas que el organismo emite
cuando algún factor del entorno rompe su homeostasis,
hallándose el proceso en cuestión orientado
justamente al reestablecimiento del equilibrio inicial.
El estrés compromete diversos niveles
del funcionamiento orgánico. Durante los últimos
años, se ha subrayado el aspecto cognitivo del mismo.
Así, se afirma que el estrés resulta de una
relación particular entre el individuo y su entorno
que es evaluado por éste como amenazante o desbordante
de sus recursos y que pone en peligro su bienestar. De este
modo, la perspectiva cognitiva acentúa la valoración
subjetiva que la persona hace de su contexto, abriendo visibilidad
sobre las variables personales que establecen diferencias
respecto de lo que es estresante para cada sujeto.
Desde un punto de vista fisiológico-autonómico,
la respuesta de estrés prepara al organismo para luchar
o huir. Las glándulas suprarrenales liberan adrenalina
y cortisol al torrente sanguíneo, originando un complejo
proceso de modificaciones corporales. Entre otras cosas, el
aumento del ritmo cardíaco, la constricción
de ciertos vasos sanguíneos y la dilatación
de otros movilizan más oxígeno y glucosa hacia
los músculos esqueléticos y el cerebro, disminuyendo
la irrigación de los tejidos no esenciales para el
ejercicio físico. Paralelamente, se potencian los procesos
de cognición, disminuye la percepción del dolor
y se detienen las actividades fisiológicas que no implican
un beneficio inmediato, tales como el crecimiento o la digestión.
La reacción de estrés no es
en sí misma patológica; muy por el contrario,
se trata de un mecanismo natural mediante el cual el cuerpo
dispone de recursos excepcionales para hacer frente a demandas
más exigentes que las habituales. Luego, superado el
trance, el organismo reestablece sus niveles basales, sin
mayores consecuencias para la salud. Esto es lo que se conoce
como el estrés adaptativo. Ahora bien, cuando el estrés
se prolonga por largos periodos sí representa una amenaza
seria para la salud y el bienestar del sujeto. A ello nos
referimos a continuación.
Cuando
el estrés es prolongado, el cuerpo se enferma |
El impacto negativo para la salud surge con
el estrés prolongado e intenso, lo cual puede deberse
a una multiplicidad de factores. Por ejemplo, por la acumulación
de varios sucesos estresantes en un mismo período (la
detección de una enfermedad en un ser querido junto
con dificultades económicas y laborales) o por la prolongación
de un mismo suceso estresante (la enfermedad de la persona
querida se torna crónica) o porque la persona posee
una personalidad fácilmente vulnerable (responde rápida
e intensamente con ansiedad ante provocaciones menores). En
fin, sea por variables del entorno o por variables propias
del sujeto, la sobreactivación persiste y nos hallamos
entonces frente a un proceso de estrés crónico.
En tal caso, la descarga adrenérgica se prolonga, las
hormonas propias del estrés, como el cortisol, mantienen
un elevado nivel en sangre lo cual acarrea consecuencias en
diversos sistemas del funcionamiento corporal.
El sistema digestivo se revela
como uno de los blancos fáciles del estrés.
La función digestiva suele detenerse, provocando que
el alimento sea regurgitado o permanezca más tiempo
en el interior del aparato, acarreando alteraciones molestas
como gases y descomposturas a causa de la aceleración
de la motilidad intestinal.
El sistema cardiovascular
se ve afectado por el exceso de catecolaminas, cuya función
consiste en acelerar el ritmo cardíaco, y por la sobreactividad
del sistema nervioso simpático. Ambos factores provocan
un aumento crónico de la presión sanguínea,
lo cual reporta de suyo una amenaza sustancial. Y como a largo
plazo el organismo estresado eleva el colesterol para incrementar
sus reservas energéticas, se cristaliza una combinación
definitivamente peligrosa: la alta presión y el colesterol
alto constituyen un factor de riesgo cardíaco.
Pero quizá la afectación más
importante y menos conocida es la que involucra al sistema
inmunológico. El estrés altera en funcionamiento
inmunitario, causando un fenómeno denominado inmunosupresión.
De ahí que se haya tornado tan popular la idea de que
“…como está estresado, tiene las defensas
bajas; por eso se resfría y no se cura desde hace meses…”.
Bajo el influjo de la inmunosupresión, el sistema inmunológico
no reconoce aquellas células patógenas que necesitan
constantemente ser eliminadas por los soldados del sistema
–glóbulos blancos o linfocitos. Tales células
patógenas no eliminadas permanecerán en el cuerpo
originando otros tantos desórdenes, que pueden alcanzar
escenarios tan graves como tumores malignos. Sí, efectivamente,
se ha demostrado ya sin lugar a dudas una relación
estrecha entre estrés y cáncer.
En síntesis, a diferencia de otros síndromes
más conocidos y temidos, como los ataques de pánico,
el estrés sí es peligroso y a largo plazo puede
provocar hasta la muerte tanto por su impacto en el sistema
cardiovascular como por ser un factor de crucial importancia
en la etiología del cáncer.
Algunos hábitos de control
y prevención del estrés:
Expuestas las nocivas consecuencias del estrés
crónico, no cabe duda de que la mejor opción
es prevenirlo a fin de que no aparezca o tratarlo, si ya se
instaló. Desde la óptica de la salud, el mejor
consejo pragmático y sencillo ronda en mantener algunos
hábitos, tales como:
- Comer sano, de acuerdo con una dieta equilibrada.
No saltear comidas ni comer en exceso.
- Evitar el alcohol y otras drogas. Tampoco abusar de sustancias
estimulantes como la cafeína.
- Dormir unas ocho horas diarias, pero sobre todo, descansar,
esto es, procurar un sueño reparador.
- Hacer ejercicio físico de manera rutinaria dos o
tres veces por semana; ello genera endorfinas y elimina el
exceso de adrenalina.
- Evitar la sobrecarga de actividades, particularmente, no
asumir compromisos ni involucrarse en objetivos difíciles
de concretar.
- Realizar actividades recreativas que alivianen nuestras
jornadas laborales.
- Tratar de pensar en los problemas como situaciones a resolver,
tomándolos más como desafíos que como
amenazas. En este sentido, resulta especialmente valioso una
filosofía de vida racional que acepte la vida como
un trance con dificultades inherentes que podrán resolverse
en mayor o menor medida, pero que no desaparecerán
nunca.
En suma, en tan sólo 50 años,
el estrés se ha tornado uno de los tópicos centrales
de las ciencias de la salud. En consonancia con ello, desde
la Terapia Cognitivo Conductual se han diseñado programas
específicos para su prevención y tratamiento.
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