|
Por:
Lic.
Carmela Rivadeneira, Lic.
Ariel Minici
y Lic.
José Dahab.
Consideremos
la siguiente situación: dos personas tomando
sol en un día muy caluroso deciden ingresar
en una pileta con agua ligeramente fría. Aunque
deseosas de terminar con el agobiante calor, ambas
se hallan un poco reticentes al contraste que experimentarán
con el cambio de temperatura. Una de ellas baja lentamente
por la escalera, sumergiéndose por partes al
compás de que rostro revela algunos signos
de malestar. Tolerando la diferencia de temperatura,
logra descender, cambiando su expresión por
la de un absoluto placer cuando da la primera brazada
en el agua fresca. Contrariamente, la otra persona
se para en el borde de la pileta y se zambulle de
cabeza, nadando en unos pocos segundos con la misma
expresión de placer que su compañero.
Este sencillo ejemplo ilustra dos metodologías
diferentes pero efectivas en la consecución
de un objetivo. La primera persona optó por
un método gradual; la segunda, por uno implosivo.
Más allá de las notables divergencias,
existe en ambos un común denominador, la exposición,
que vale remarcar, es la que otorga efectividad a
ambos procedimientos.
Ahora bien, ¿qué es la exposición?
En pocas palabras, consiste en que la persona entre
en contacto directo con aquello que teme, previniendo
las respuestas de escape o evitación. Obviamente,
su ámbito de aplicación más primario
es el de la ansiedad patológica, la cual conlleva
siempre alguna forma de evitación.
El
terreno de la exposición podría organizarse
entre dos grandes extremos:
· En uno de ellos, encontramos a los procedimientos
graduales, cuyo exponente más característico
es la desensibilización sistemática.
En estos casos, la exposición se efectúa
de manera paulatina, jerarquizando los estímulos
ansiógenos de menor a mayor potencial para
producir ansiedad y apelando a técnicas de
control de la activación como la respiración
abdominal o la relajación muscular. Los resultados
son muy efectivos pero más lentos.
· En el otro extremo se encuentran los procedimientos
implosivos, cuyo representante más típico
es la exposición y prevención de la
respuesta, denominada también exposición
intensiva, inundación, implosión o
“flooding”. Aquí la exposición
se realiza de manera brusca, confrontando al paciente
a toda la intensidad de la ansiedad que evoca una
situación ansiógena, con especial
énfasis en prevenir la conducta de escape
hasta que la reacción emocional disminuye
y se estabiliza en un punto tolerable. También
los resultados son muy buenos y más rápidos.
Naturalmente, una de las diferencias obvias entre
ambos procedimientos atañe al grado de malestar
subjetivo experimentado. No obstante, ello no debe
llevarnos a concluir que los pacientes siempre optan
por los métodos graduales. En verdad, la elección
de una técnica u otra depende de varios factores,
tales como el tiempo disponible, el tipo de patología,
la libre elección del paciente.
Ahora bien, ¿cómo actúa el flooding?
¿Cuál es su mecanismo explicativo? Desde
un punto de vista del análisis topográfico,
se esgrime que:
· en el plano autonómico-fisiológico,
se produce inicialmente una reacción simpática
intensa que desencadena el mecanismo homeostático
opuesto, vale decir, la activación de la
rama parasimpática del sistema nervioso autónomo,
el cual reestablece el equilibrio.
· desde un nivel cognitivo, el sujeto
que se expone a un estímulo fobígeno
cambia sus expectativas al darse cuenta de que no
suceden los hechos catastróficos esperados.
El nivel más alto de ansiedad se experimenta
antes de la confrontación
con el evento temido y no durante (la ansiedad suele
ser anticipatoria). Así la persona comprueba
que la ansiedad no es intolerable como él
imaginaba. La importancia de la prueba de
realidad radica en que el paciente concluye
que “nada tan grave sucede” y que “es
tolerable” ya que la ansiedad disminuye sola.
· desde un punto de vista conductual,
la respuesta de escape y evitación tiende
a desaparecer pues pierde su razón de ser.
En efecto, al no haber una reacción fisiológica
intensa duradera ni tampoco las consecuencias dramáticas
previstas, el evitar la situación pierde
sentido.
El complemento natural de la técnica de exposición
implosiva es la prevención de la respuesta
de escape. Vale decir, debemos consensuar
con el paciente previamente que él permanecerá
en la situación temida hasta que la ansiedad
disminuya sustancialmente. Pues, si el paciente escapa
de la situación antes de que la ansiedad haya
decrecido lo suficiente, no sólo la técnica
se aplica inadecuadamente, sino que también
podemos obtener un resultado inverso al buscado, esto
es, una sensibilización con el consecuente
aumento de la ansiedad patológica.
Quizá, parezca que la mayoría de pacientes
se inclinarán por el uso de técnicas
graduales y rechazarán las de corte implosivo.
Pero esto no es tan correcto. Los pacientes desean
efectividad pero también rapidez en la resolución
de sus problemas. Esto los mueve muchas veces a optar
por la exposición intensiva, aceptando afrontar
el malestar propio que se deriva de ella a cambio
de una solución más rápida.
Veamos algunos ejemplos del uso de la exposición
intensiva:
- Una persona que padece Trastorno Obsesivo Compulsivo
no tolera la sensación pringosa de sus manos
y ejecuta la compulsión de lavarse. Se autoaplica
crema con el objetivo de provocar la sensación
grasosa pero con la pauta de que no se lavará.
El malestar debe ser tolerado hasta que disminuya
o incluso desaparezca, momento en que se reinicia
el ciclo. De esa manera, el sujeto aprende a tolerar
sensaciones de suciedad, evitando lavarse en forma
compulsiva. Remarquemos, de paso, que en el trastorno
obsesivo compulsivo, la exposición y prevención
de la respuesta es la técnica psicológica
que mejores resultados ha mostrado.
- En quienes sufren de colon irritable, se aplica
una forma de exposición llamada interoceptiva.
Deben exponerse a sensaciones gástricas que
erróneamente se interpretan como inminencia
de defecarse. Paralelamente, se previene la conducta
de acudir al baño. El ejercicio se acompaña
con respiración abdominal para disminuir
el movimiento peristáltico del intestino.
El paciente comprueba que no sucede lo temido (no
llegar al baño), propiciándose un
ritmo de defecación más adecuado.
En
síntesis, los procedimientos implosivos se
aplican principalmente para el tratamiento de la ansiedad
funcionalmente relacionada con situaciones-estímulo.
La prevención de la respuesta desempeña
un papel crítico pues es la conducta de escape
la que en última instancia mantiene el problema
en el largo plazo. Recordemos que si bien las fobias
se aprenden por condicionamiento clásico, se
mantienen por condicionamiento operante, vale decir,
a través de un mecanismo de reforzamiento negativo
en el cual el alivio que produce el escape aumenta
la probabilidad de que se vuelva a escapar en una
situación similar. Ello acarrea, entre otras
cosas, que el paciente nunca corrobore que el objeto
que evita no conlleva peligro alguno salvo la misma
capacidad de provocarle ansiedad.
Tal
vez, debamos evocar a Isaac Marks, uno de los fundadores
del enfoque conductual, cuando hace más de
50 años afirmó que todas las técnicas
eficaces en el tratamiento de las desórdenes
de ansiedad llevan implícita alguna forma de
exposición. En efecto, para ser efectivo, cualquier
procedimiento terapéutico deberá pasar
la prueba de realidad de que el paciente tome contacto
directo con aquello que teme, de otro modo, el objetivo
no se habrá logrado.
|