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Por:
Lic.
Ariel Minici, Lic.
Carmela Rivadeneira y Lic.
José Dahab
Algunos
estudiantes ven obstaculizado el desarrollo de sus carreras
debido a dificultades para rendir los exámenes finales,
en especial, cuando estos son orales. Estas dificultades varían
de acuerdo con diversas circunstancias como la historia de
aprendizaje con sus experiencias desagradables y/o traumáticas,
las características de personalidad, las habilidades
sociales o el grado de reactividad fisiológica. A pesar
de las diferencias, el elemento clave suele ser la ansiedad.
La
ansiedad frente a los exámenes es clasificada como
un tipo de Fobia Específica, según el Manual
Diagnóstico y Estadístico de los Desórdenes
Mentales, -DSM IV-, la cual posee varias formas e intensidades
de manifestación. En algunos estudiantes se muestra
inhibiendo el comportamiento de anotarse para rendir los exámenes;
lo cual indica un mayor grado de evitación (característico
de las fobias) pues ni siquiera logran acercarse a la instancia
del examen. Por otro lado, hay estudiantes que sí logran
anotarse pero el día del examen se descomponen y no
pueden asistir; generalmente los síntomas físicos
de estas personas son más acentuados comparados con
los del caso anterior, aunque su grado de evitación
no es tan severo. También hay estudiantes que logran
presentarse, se sientan frente al docente experimentando mucha
ansiedad fisiológica y terminan por “bloquearse”,
no pudiendo desempeñarse acorde a lo mucho que estudiaron.
En este último caso, hay menor grado de evitación
pero lamentablemente la ansiedad logró desorganizar
el comportamiento e incluso alterar los sistemas de memoria.
Contrariamente
a lo que se esperaría, es más sencillo solucionar
estas fobias cuando el grado de evitación es menor
aunque los síntomas fisiológicos sean elevados,
pues la voluntad del paciente a enfrentar
los estímulos fobígenos es crucial para el éxito
terapéutico. Aquellos estudiantes con mucho grado de
evitación que ni siquiera logran anotarse para el examen,
suelen ir creando todo un sistema de creencias que sostiene
la fobia; ejemplos de estos pensamientos son “de qué
sirve que dé el examen si me va ir mal”, “tengo
dos años para darlo”, “mejor recurso la
materia así la promociono”. Muchos de los estudiantes
que presentan fobia a exámenes comienzan a pensar que
no les gusta su carrera e incluso terminan por abandonarla.
Otros fluctúan entre distintas facultades hasta que
la frustración de no poder rendir los obliga a dejar
los estudios.
Los
síntomas suelen aumentar o empeorar a medida que se
aproxima la fecha del examen. Entre ellos, se destacan los
vómitos, diarrea, dolor de estómago y de cabeza,
llanto, dificultades para comer y dormir, imposibilidad para
leer y concentrarse; todos ellos indicando el aumento del
grado de ansiedad conforme se acerca el impacto del estresor.
Así, usualmente la ansiedad alcanza su pico máximo
la noche anterior al examen, durante el trayecto hacia la
facultad o la espera en los pasillos. Paradójicamente,
cuando llaman al alumno y se encuentra sentado para rendir,
la ansiedad tiende a disminuir un poco. Muchos alumnos manifiestan
que en ese preciso momento “ya están jugados”
y “como resignados”, lo cual los tranquiliza levemente.
De no suceder este fenómeno, ocurren los bloqueos y
las lagunas. Los pensamientos que se tengan durante el período
crítico (desde la noche anterior hasta estar rindiendo)
modulan el monto de ansiedad; pensamientos como “me
voy a descomponer”, “no voy a poder rendir”
o “seguro me van a bochar” son claramente ansiógenos,
es por eso que parte del tratamiento apuntará a modificarlos.
El segundo gran eje de la terapia tendrá como objetivo
las conductas de evitación y las respuestas
fisiológicas exacerbadas.
Para
iniciar un tratamiento cognitivo conductual exitoso, el primer
paso consiste en evaluar si el paciente tiene un método
adecuado de estudio. Por ejemplo, presentarse a rendir un
examen habiendo estudiado poco o mal es un factor ansiógeno
por excelencia. De no presentarse esta dificultad o si ya
fue entrenado para estudiar correctamente, se pasará
entonces a hacer una evaluación exhaustiva de las características
que tiene esa fobia en este paciente, indagando las circunstancias
que le provocan más ansiedad
La
Desensibilización Sistemática
es una de las técnicas más usadas para casos
de fobias específicas. La misma tiene tres pasos. En
primer lugar, se entrena al paciente en una respuesta antagónica
a la ansiedad, habitualmente, la relajación muscular
profunda decrementa los niveles de actividad del sistema nervioso.
Luego, elaboramos la jerarquía de estímulos
ansiógenos; una serie de ítems relacionados
con el tema examen y ordenados de acuerdo con su capacidad
para provocar ansiedad. En forma de oraciones diagramamos
distintas escenas temidas por la persona, por ejemplo, “faltan
dos días para el examen y estoy en casa estudiando”.
Finalmente, aplicamos la jerarquía de estímulos
mientras el paciente está relajado, es decir, que cada
uno de esos ítems será imaginado por el paciente
en forma gradual, avanzando del menos ansiógeno al
más ansiógeno, logrando así que el estado
de relajación supere la mínima respuesta de
ansiedad que se presenta con cada ítem cuando se lo
imagina. De esta manera, le enseñamos al Sistema Nervioso
a estar calmado ante situaciones que antes lo hiperactivaban.
La habilidad adquirida durante la Desensibilización
Sistemática de manera imaginaria se transfiere a las
situaciones reales. Sin embargo, en algunos tipos de fobias,
especialmente cuando el grado de evitación es muy severo,
la Desensibilización Sistemática “in vivo”
resulta más efectiva. En este caso, quizás el
terapeuta acompañe al paciente a la facultad y lo ayude
a enfrentar gradualmente las situaciones temidas ensayando
los comportamientos necesarios para rendir el examen.
El
éxito terapéutico consistirá en que el
paciente no sólo logre rendir los exámenes sin
ansiedad patológica y, en lo posible, con una buena
performance académica sino que también adquiera
un adecuado manejo de sus ansiedad en general.
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