| Por:
Lic. José Dahab, Lic. Ariel Minici y Lic. Carmela Rivadeneira
La fobia
social constituye uno de los trastornos de ansiedad que más
obstaculiza el desarrollo y la calidad de vida de las personas.
En efecto, acciones tan sencillas como trabajar, estudiar,
tener una pareja o relacionarse con amigos pueden transformarse
en problemas complejos para alguien que padece este desorden.
Por supuesto, debemos pensar a la ansiedad social como una
característica que se distribuye en las personas con
variada intensidad. Así, mientras que en una punta
del continuo existen niveles bajos de ansiedad social, a los
cuales típicamente llamamos timidez; en el otro extremo,
se hallan personas con un monto de ansiedad social intenso,
en cuyo caso hablamos de fobia social generalizada.
Según
el D.S.M.-IV-T.R., la fobia social se tipifica cuando la persona
presenta un temor acusado y persistente ante situaciones sociales
que no pertenecen al ámbito familiar y que la exponen
a una posible evaluación por parte de los demás.
La situación social provoca una respuesta inmediata
de ansiedad, la cual llega a adoptar en ocasiones la forma
de una crisis de angustia. Así, con el fin de evitarse
tales desagradables sensaciones, la persona rehuye de las
situaciones sociales o las tolera tratando de pasar desapercibido
y con nula participación. En cualquiera de sus formas,
el escape y la evitación de las situaciones sociales
culmina por configurar la fobia: la ansiedad disparada casi
invariablemente ante situaciones sociales conduce a que la
persona se aísle cada vez más, con el consecuente
deterioro que ello conlleva para su calidad de vida y su desarrollo.
Y si bien el individuo reconoce que su miedo es irracional,
no logra sobreponérsele. En efecto, cada vez que intenta
exponerse a alguna situación social, la ansiedad reaparece,
lo cual lo obliga a evitarla, reforzando nuevamente el circuito
de la fobia. En algunas ocasiones, la sola idea de aproximarse
a una situación de interacción con otras personas
desencadena de forma anticipatoria una fuerte reacción
emocional negativa que lleva a la evitación. De este
modo, la persona ni siquiera intenta, ni siquiera se aproxima
a ver qué le sucede; por el contrario, impedida por
su miedo no hace nunca la prueba de realidad que le desconformaría
lo equivocado de sus temores.
La
fobia social puede describirse y especificarse utilizando
las categorías topográficas descriptas por Lang
para el triple sistema de respuesta de la ansiedad.
Desde
el funcionamiento del sistema cognitivo,
la fobia social se caracteriza por esquemas y creencias que
sobrevaloran el rechazo y la evaluación negativa por
parte de los otros. Bajo el influjo de tales estructuras cognitivas,
el paciente guiará sesgadamente su atención
hacia aquellos datos ambiguos y sutiles que puedan interpretarse
como una desaprobación por parte de los otros, un error
cognitivo comúnmente designado como abstracción
selectiva. Y si bien el paciente teme ser criticado de manera
directa, sus miedos suelen centrarse en lo que eventualmente
otras personas habrán de pensar de él. Por ello,
la adivinación del pensamiento constituye otra distorsión
cognitiva típica del cuadro. Así, el paciente
se siente seguro de que los demás piensan negativamente
de él. Como consecuencia, los pensamientos automáticos
tales como “si me integro van a pensar que soy un metido”
o “seguro que piensan que soy un tonto si digo algo
erróneo” operan como obstáculos de un
adecuado y sano desarrollo interpersonal.
De
este modo, el nivel motor se caracteriza
por la inhibición comportamental, vale decir, la ausencia
de conductas de interacción: la persona está
quieta, callada, respondiendo con monosílabos cuando
algo se le pregunta. Y ello no se debe siempre a un pobre
repertorio de habilidades sociales. Vale decir, la persona
con fobia social no necesariamente carece de un grado de competencia
interpersonal adecuado, sino que lo que definirá el
cuadro se relaciona con la imposibilidad de poner en práctica
las conductas prosociales a causa de la ansiedad. Por supuesto,
más allá de la ansiedad social inhibitoria,
podrá o no existir un déficit en repertorio
conductual interpersonal; esta es un área que deberá
ser evaluada y trabajada según cada caso.
En
el plano fisiológico, la persona con
fobia social experimenta las sensaciones propias de la activación
de la rama simpática del sistema nervioso autónomo.
Ellas incluyen calor, especialmente en la cara, ruborización,
sudor en manos y axilas, sequedad bucal, y en algunas ocasiones,
dolor abdominal e hiperventilación. Naturalmente, todas
estas sensaciones se hallan signadas por el malestar y el
displacer subjetivos.
La descripción sectorizada por niveles de respuestas
cognitivo, fisiológico y motor de un diagnóstico
no debe hacernos perder de vista el funcionamiento global
del mismo. En esta línea, ¿cómo se relacionan
los tres sistemas mencionados?
Fundamentalmente,
la fobia social, se caracteriza por un sesgo que preferencia
el procesamiento de la información emocional negativa
proveniente de la propia conducta. Expliquémoslo brevemente.
El paciente fóbico social que ingresa en un entorno
de interacción, activa sus esquemas cognitivos relacionados
con el temor al rechazo y la evaluación negativa. Entre
otras cosas, ello lo llevará a prestar atención
al menos a dos aspectos de sí mismo. Primero, a su
elevado grado de activación fisiológica, esto
es, monitoreará el funcionamiento de su cuerpo, percibiendo
entonces si tiene calor, si transpira o se ruboriza. Naturalmente,
esto conduce a un aumento de tales mismas sensaciones, con
lo cual la persona entrará en una suerte de círculo
vicioso de autoactivación. Segundo, se concentrará
en su misma conducta social empobrecida. Así, notará
que habla poco, que no participa, que se aísla, lo
cual lo llevará a aumentar su grado de creencia de
que está desempeñándose pésimamente.
Como producto final de este proceso, el individuo no sólo
autovalida sus esquemas cognitivos distorsionados sino que
efectivamente deja de focalizar en el ambiente que lo rodea
para concentrarse en sí mismo, en su malestar emocional.
De este modo, si alguien le hace un comentario, una pregunta;
muy probablemente no podrá responder pues no se halla
mentalmente en la situación.
Los
lineamientos para un tratamiento de la fobia social
El
tratamiento de la fobia social consiste en un programa integrado
de técnicas seleccionadas de acuerdo con el perfil
de afectación particular de cada caso. En términos
generales, se aborda el componente cognitivo con los procedimientos
propios de la reestructuración cognitiva, esto es,
discusión y puesta a prueba de pensamientos automáticos,
la reevaluación de creencias o la psicoeducación.
No obstante, dada la importancia de la autofocalización,
suele incluirse el entrenamiento en el manejo de la atención.
Puesto que el trastorno involucra un compromiso autonómico
importante, se recomienda la utilización de las técnicas
del control de la activación, tales como la relajación
muscular profunda y la respiración diafragmática.
Finalmente, no puede hallarse ausente la exposición
a situaciones sociales temidas, procedimiento que las investigaciones
revelan como uno de los pivotes de eficacia. Aunque esta técnica
admite una variada gama de variantes, la versión “en
vivo y autoaplicada” habrá de constituir una
meta final y un paso insoslayable si pretendemos un tratamiento
efectivo. Pensándolo bien, ello no debería sorprender
pues, el fin más natural de un tratamiento para el
desorden en cuestión consiste en que el paciente logre
exponerse solo a las situaciones sociales que teme. Únicamente
de esta manera habrá de desconfirmar sus temores más
centrales y básicos. Comprobará primero, que
su ansiedad aumenta pero no indefinidamente; segundo, que
la gente no lo rechaza ni evalúa de manera negativa
y tercero, que si acaeciera una rara situación en la
cual de hecho fuera rechazado o evaluado negativamente, ello
no es catastrófico.
|