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Por:
Lic.
Ariel Minici, Lic.
Carmela Rivadeneira y Lic.
José Dahab
Uno
de los tópicos que más debate ha generado en
la clínica psicológica se refiere a si necesitamos
indefectiblemente hallar las “causas” de los problemas
actuales que traen al paciente a consultarnos. La polémica
se encuentra signada, naturalmente, por la concepción
psicoanalítica de que los síntomas constituyen
el resultado de un conflicto inconsciente que debe ser desanidado
a los fines de la cura. Quienes trabajamos en Terapia Cognitivo
Conductual no acordamos con un tal punto de vista. Por el
contrario, basados en un amplio conjunto de evidencias producto
de la investigación científica de los últimos
60 años, sostenemos no sólo que resulta superflua
la búsqueda de las supuestas causas o conflictos inconscientes,
sino más aún, sostenemos que se trata de un
problema mal planteado. Pues, por un lado, nunca se define
con precisión qué se entiende por causa; por
otro, lo que la persona cree que constituye una causa, no
necesariamente lo es. Ni que mencionar la vasta cantidad de
casos exitosos en los cuales se trabaja haciendo omisión
de las supuestas causas inconscientes y a la inversa, lo cual
es mucho peor, la vasta cantidad de casos que pasan años
buscando una solución en el recorrido de las “causas
históricas inconscientes” con resultados claramente
infructuosos sobre los problemas que traen sufrimiento a la
persona…
Discutimos
a continuación algunos aspectos relevantes del problema
en cuestión.
1.
Tratamientos efectivos que no apuntan a causas históricas
o inconscientes.
Desde el punto de vista de la Terapia Cognitivo Conductual,
la discusión debe partir de un hecho simple: la inmensidad
de casos en los que trabajando sin atención a las tan
mentadas “causas inconscientes”, se obtiene no
obstante un éxito indiscutible. Baste un vistazo a
las listas de Tratamientos con Apoyo Empírico editados
por organizaciones como la Asociación de Psicólogos
Americanos cuyos informes hasta el año 2001 identifican
108 procedimientos terapéuticos con apoyo empírico
para trastornos en adultos y 37 en niños. Más
del 90 % de ellos constituyen o derivan de procedimientos
conductuales y cognitivos, ninguno hace una franco apoyo de
sus intervenciones en la búsqueda de causas inconscientes.
Los datos hablan por sí mismos. Vale la pena aclarar
que no estamos proponiendo la opinión de un autor en
particular o una corriente de la Psicología, sino de
varios grupos de trabajo en todo el mundo, de la comunidad
científica contemporánea.
Por
ejemplo, se ha mostrado que para el Trastorno de Angustia
(crisis de pánico) el tratamiento psicoeducativo, consistente
en brindar información correcta acerca del problema,
decrementa significativamente el nivel de ansiedad, incluso
en muchos casos las crisis de pánico desaparecen con
esta sola intervención. Por otra parte, la Agorafobia
suele aliviarse e incluso desaparecer totalmente con algunas
sesiones de “exposición o desensibilización
en vivo” acompañada de “entrenamiento en
respiración abdominal”, sin que el paciente relate
acontecimientos de su infancia. De más está
aclarar que todos estos cambios permanecen duraderos y estables,
vale decir, sin recaídas, un punto al que nos dedicamos
más adelante.
2.
Diferencia entre causalidad histórica inconsciente
y causalidad funcional presente.
En Terapia Cognitivo Conductual no ignoramos las “causas”
de los síntomas; todo lo contrario, ellas juegan un
rol muy importante en la elección de las estrategias
terapéuticas. No obstante, no hablamos de “descubrir
causas históricas” o “develar cuestiones
del pasado del paciente”, por el contrario, nos referimos
a las “causas funcionales”, es decir, variables
actuales que provocan y mantienen los comportamientos-problema.
Por ejemplo, quien sufre de temor a contaminarse puede lavarse
las manos cientos de veces por día y evitar tocar determinados
elementos como manijas, ceniceros, dinero, trapos, muebles,
entre otros. La creencia falsa en el riesgo de contaminación
y la evitación del contacto con los objetos que generan
ansiedad constituyen causas funcionales que mantienen el problema.
En otras palabras, la patología persiste porque el
paciente no experimenta la “prueba de realidad de la
exposición” de que si toca los objetos y luego
no se lava, no habrá consecuencias perjudiciales, que
la contaminación no se produce. En efecto, aplicando
la técnica “exposición a la situación
y prevención de la respuesta”, los rituales de
lavado compulsivo desaparecen.
Queda claro pues, que en Terapia Cognitivo Conductual tenemos
en cuenta las causas funcionales, aquéllas que se revelan
útiles a los fines de la modificación de los
comportamientos problemáticos actuales; los aspectos
históricos también se consideran siempre y cuando
aporten datos para explicar, predecir y operar sobre el motivo
de consulta.
3.
Lo que el paciente cree que es la causa, no necesariamente
lo es.
Muchas veces hay una diferencia entre las causas reales y
lo que la persona cree que es la causa de su problema. Las
terapias que afirman actuar sobre las causas históricas
e inconscientes suelen fundamentarse en el relato verbal del
paciente acerca de sus recuerdos, tamizados estos por la teoría
de turno a la cual adhiera el terapeuta. Ahora bien, ¿cómo
sabemos de que se trata de recuerdos verídicos?, ¿cómo
podríamos asegurarnos de que el terapeuta, convencido
por las hipótesis del marco teórico desde el
cual opera, no induzca deliberada o inadvertidamente a su
paciente para que verbalice los sucesos de manera tal que
se acoplen perfectamente a las suposiciones teóricas
de las cuales él parte? Un sesgo, por lo menos, peligroso…
Por ejemplo, el dolor de cabeza suele originarse por consecuencia
del estrés, la ansiedad, la fatiga, los problemas de
sueño, entre otros. A pesar de ello, un paciente puede
creer que sus dolores de cabeza son provocados por un tumor
cerebral. Obsérvese que en este caso, el paciente atribuye
causas erróneamente. También puede suceder que
guiado hacia su pasado por el terapeuta, el paciente recuerde
sucesos infantiles en los cuales su madre lo atemorizaba gritándole:
“¡qué tenés adentro de esa cabeza,
eh!”. Y desde allí, entre vericuetos del lenguaje
e interpretaciones metafóricas, se concluye que las
cefaleas se relacionan con los conflictos infantiles con la
madre. Entonces, se sostiene que hemos encontrado la causa
del problema. Pero lamentablemente, los dolores de cabeza
continúan. Y por supuesto, sucedió que el psicólogo
en lugar de concentrarse en las causas funcionales que mantienen
el problema, toma como datos fiables aquéllos aportados
por el paciente en su relato, como si ello fuese garantía
de que lo recordado por el paciente efectivamente ocurrió
y esa es la causa de su trastorno. Que el paciente crea que
la causa del problema es la relación con su madre,
no implica que efectivamente sea así. Tales atribuciones
conducen a que el foco del tratamiento se concentre en las
variables histórico-familiares; se parte de la hipótesis
que la identificación y resolución de conflictos
familiares “inconscientes” que se arrastran del
pasado conducirá necesariamente a la solución
de los problemas actuales. El resultado es infructuoso: las
cefaleas continúan pues no se opera sobre los factores
actuales que las mantienen, por ejemplo, pocas horas de sueño
o acontecimientos estresantes cotidianos.
4. Los síntomas no retornan ni se sustituyen.
También se arguye habitualmente que si no nos ocupamos
de las causas inconscientes de los síntomas, ellos
reaparecerán una vez eliminados o peor aún,
otro síntoma más grave surgirá en su
lugar pues hemos dejado al paciente sin defensa frente al
conflicto inconsciente. No obstante, estudios de seguimientos
por períodos superiores a 5 años, reportados
por doquier en la literatura psicológica, dan al trataste
con el argumento de la sustitución de síntomas.
No sólo que las recaídas no acontecen, más
aún, las investigaciones evidencian frecuentemente
el fenómeno contrario, esto es, una mejora en la calidad
de vida de los pacientes. Justamente, las patologías
en las que sí sobrevienen recaídas son aquéllas
a las cuales ninguna corriente de la Psicología ha
dado respuestas satisfactorias y definitivas, como la esquizofrenia
o la dependencia a sustancias químicas. Demás
está recordar que en la historia de la Psicología,
el modelo conductual ha aportado más estudios de seguimiento
que cualquier otro; basta con una simple revisión bibliográfica
para comprobarlo. Pero tal vez, lo más asombroso sea
que desde los enfoques teóricos que sostienen la importancia
de la búsqueda de causas histórico-inconscientes,
rara vez se han presentado estudios avalando que en los tratamientos
que ellos mismos defienden no se produzcan recaídas
o la tan temida “sustitución de síntomas”.
5.
El paciente solicita ayuda, no una revisión de su pasado.
Finalmente, vale la pena plantearnos algunos interrogantes.
¿Qué busca una persona cuando acude a una terapia
psicológica? ¿Qué busca, por ejemplo,
alguien que a raíz de un nivel de ansiedad elevadísimo
sufre recurrentes temores sobre su salud? ¿Qué
espera la persona que padece de un trastorno de ansiedad social
que lo incapacita para hacer amigos, formar una pareja o simplemente,
trabajar? ¿Qué expectativas tiene alguien que
ha perdido su capacidad de sentir placer y motivación,
tanto que ya ni se baña ni come como consecuencia de
un cuadro depresivo? Una sola palabra resume la respuesta
a estas preguntas: soluciones. Normalmente, a la persona que
sufre no le interesa tanto volver a hurguetear en lo que acaeció
cuando tenía 3, 10 ó 15 años, si lo hace
es porque su terapeuta lo induce a creer que por esa vía
hallará alivio a su padecer. Entonces no confundamos
las cosas, el paciente no solicita la búsqueda de causas
inconscientes a sus problemas; por el contrario, desde un
sentido pragmático, nos pide que lo ayudemos a dejar
de sufrir.
6.
Conclusiones.
Una vez revisadas las cuestiones anteriores, nos surgen las
siguientes preguntas:
- ¿Tiene
sentido la búsqueda de “la causa”, cuando
lo más probable es que exista una multiplicidad de
factores explicativos?
-
¿Cuál es el propósito de buscar las
causas histórico-inconscientes de los síntomas
cuando nada nos garantiza que ellas no sean el fruto de
creencias erróneas y distorsionadas?
- Y
si incluso encontráramos la tan ansiada causa histórico-inconsciente,
¿qué nos garantiza que ella nos conduzca a
la resolución de los síntomas?
-
¿Es razonable pasar años hurgando en el pasado
cuando en unos pocos meses se puede mejorar la calidad de
vida del paciente identificando las variables funcionales
actuales que nos guían hacia la elección de
procedimientos terapéuticos de efectividad probada?
-
¿Es ético que sólo porque el terapeuta
de turno cree que hay que buscar las causas histórico-inconscientes,
entonces no se apliquen técnicas psicológicas
eficaces, dejando así a la persona con su padecimiento?
-
¿Es ético implementar un tratamiento que no
coincide con el pedido del paciente, a quien no le interesa
revisar su historia sino aliviar su sufrimiento actual?
En
otros términos, no parece necesario buscar algo que
probablemente sea falso, poco útil para solucionar
el problema actual y además, éticamente controvertido.
Si hay estrategias que mejoran la calidad de vida del paciente,
las aplicamos, apoyándonos en criterios técnicos
y también éticos. Esto es respetar a la persona.
En pos de la búsqueda de supuestas “causas”,
no es justo dejarlo sufrir.
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