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Por:
Lic.
Carmela Rivadeneira,
Lic. Ariel Minici
y Lic.
José Dahab
En
Terapia Cognitivo Conductual consideramos a las personas como
organismos biopsicosociales; por lo tanto, a fin de entenderlos
y ser capaces de intervenir, necesitamos trabajar desde un
enfoque interdisciplinario. Esta idea no es más que
una derivación de aquella otra por la cual sostenemos
que la Terapia Cognitivo Conductual no es una teoría
sino, sencillamente, la aplicación de las Ciencias
del Comportamiento, en especial de la Psicología, al
terreno clínico. Desde esta perspectiva integradora,
resulta claro que los estados y procesos psicológicos
poseen en el sistema nervioso su base material o dicho de
otro modo, los estados y procesos psicológicos son
una función del sistema nervioso central, del cerebro
principalmente. Nuestro razonamiento nos conduce rápidamente
a que para lograr una intervención eficaz resulta de
vital importancia entender y ser capaces de modificar los
estados cerebrales. Y si bien esto puede parecer algo muy
complejo, la modificación del cerebro es un proceso
permanentemente en marcha pues todos los cambios producidos
por el aprendizaje son al mismo tiempo cambios de la arquitectura
más íntima del cerebro. De esto no escapan,
por supuesto, los aprendizajes que realizamos en Terapia Cognitivo
Conductual a través de técnicas terapéuticas
específicas. Pero no es este el foco de nuestra discusión
en el presente artículo. Más bien queremos referirnos
a la intervención más directa que en los procesos
y estados cerebrales podemos realizar a través de la
terapia medicamentosa con psicofármacos.
Si
bien desde hace varios años se sabe acerca de la ayuda
que puede brindar una adecuada intervención farmacológica
a personas con desórdenes psicológicos, es durante
la década del 90, signada por el auge de las neurociencias,
que se han efectuado gran cantidad de investigaciones cuyos
resultados no dejan lugar a dudas acerca de los beneficios
del uso de psicofármacos. Más aun, ha quedado
claro que para diversas patologías, los mejores y más
rápidos efectos se obtienen complementando la Terapia
Cognitivo Conductual con la terapia medicamentosa. Es decir,
el uso de los psicofármacos adecuados potencia los
efectos positivos de la Terapia Cognitivo Conductual.
Dentro
de este contexto, conviene de todos modos plantearse algunas
preguntas: ¿cuándo es conveniente medicar?,
¿durante cuánto tiempo?, ¿qué
tipo de psicofármacos administrar?, ¿qué
hacemos cuando el paciente se niega a ingerir medicación?
La
decisión acerca de la conveniencia de la utilización
de medicación sigue algunos criterios. Señalemos
los más importantes:
Gravedad:
se aconseja la utilización de la medicación
cuando los síntomas psicológicos del paciente
conllevan un deterioro importante de su salud, en especial
física, más aún cuando esto pueda poner
en riesgo su integridad y su vida. En el trastorno de ansiedad
generalizada –T.A.G.- el elevado nivel de ansiedad conduce
a una activación psicofisiológica que acarrea
úlceras, acidez, diarreas, taquicardia, hipertensión
y el riesgo de que ocurra un accidente cerebrovascular. Pero
quizás el ejemplo más característico
sea la depresión y no sólo porque en ella existe
un alto riesgo suicida sino también porque el cuadro
se acompaña con otros síntomas que representan
un deterioro importante de la salud del paciente. Entre ellos
cuentan la pérdida importante de peso, la alteración
de los ritmos circadianos (insomnio-hipersomnia), los largos
períodos en la cama.
Urgencia:
Si bien en Terapia Cognitivo Conductual los procedimientos
suelen tener efectos en tiempos relativamente breves, sucede
algunas veces que el estilo de vida o las obligaciones asumidas
por la persona le exigen cambios más veloces que los
que las técnicas terapéuticas pueden ofrecer.
Tal es el caso de pacientes que padeciendo un síndrome
de estrés laboral importante, no pueden ausentarse
temporariamente de su trabajo o de pacientes que a raíz
de una fobia a volar en avión se ven impedidos de realizar
un viaje impostergable. En tales casos, la administración
de algún fármaco sedante como el alprazolam,
logrará un alivio rápido de los síntomas.
Ello permite al paciente continuar cumpliendo con sus compromisos
mientras realizamos el trabajo terapéutico que conduce
a la solución definitiva del problema.
Alivio
del sufrimiento:
quizás sea este uno de los criterios más utilizados,
pues como mencionamos recientemente, los efectos positivos
de las técnicas terapéuticas rara vez son inmediatos.
Mientras trabajamos para lograr la mejoría de los síntomas,
el paciente sufre. La medicación constituye en estos
casos una vía de intervención directa y rápida
que aunque no soluciona el problema, alivia el sufrimiento.
Esto es en sí mismo un motivo más que suficiente
para recurrir a ella. Digamos que equivale a una suerte de
anestesia psicológica.
Facilitación
del trabajo terapéutico: finalmente,
si bien la medicación no posee normalmente efectos
curativos, sí constituye muchas veces el medio para
lograr la estabilización de un paciente, sin lo cual
resulta imposible aplicar las técnicas terapéuticas.
La mayoría de los procedimientos técnicos de
la Terapia Cognitivo Conductual requieren que la persona mantenga
un mínimo grado de lucidez mental y racionalidad, necesitamos
conciencia de enfermedad y capacidad para establecer una mínima
alianza de trabajo. Este objetivo no se logra si el paciente
fluctúa por estados afectivos exacerbados de ansiedad
o tristeza, frecuentes crisis de llanto o brotes psicóticos
francos. En tales casos, la medicación cumple con la
tarea de compensar al paciente y evitar las crisis emocionales
severas que interrumpirían permanentemente el curso
de la terapia.
Frecuentemente,
al iniciar un tratamiento psicológico el paciente ya
se halla medicado de acuerdo a las indicaciones de algún
profesional al que visitó anteriormente. De no ser
este el caso, el psicólogo debe incluir este punto
en la agenda de la evaluación psicológica inicial.
Si considera que el paciente podría beneficiarse con
el uso de algún psicofármaco, debe solicitar
una interconsulta con un médico psiquiatra. Y en este
momento, es habitual enfrentarse al problema de que el paciente
se rehúsa, hecho que se basa normalmente en el desconocimiento
de los efectos reales de las drogas psicotrópicas y
en algunos prejuicios bastante difundios. Entre ellos, cuenta
especialmente el temor a generar una dependencia imposible
de vencer en el futuro. Por supuesto, la psicoeducación
suele ser una herramienta eficaz en estos casos. Así,
el terapeuta brinda información real y actualizada
respecto del tema, acompañada en ocasiones de algún
material bibliográfico que sustenta sus explicaciones.
Es importante que el paciente entienda que la sugerencia acerca
de la medicación no proviene de opiniones o gustos
personales del terapeuta que le tocó, sino que se encuentra
avalada por criterios ampliamente aceptados en la comunidad
científica internacional.
Actualmente,
las consultas a profesionales de la salud mental se presentan
por dos motivos principales: ansiedad y depresión.
Cada uno de estos campos revela, por supuesto, una variada
gama de configuraciones sintomáticas que originan diferentes
diagnósticos. De este modo, existen por lo menos catorce
tipos de Trastornos de Ansiedad y otras tantas formas de Depresión,
con el agregado bastante frecuente de la comorbilidad, es
decir, la aparición conjunta de dos o más trastornos.
Esto abre un abanico inmenso de posibilidades, con lo cual
se hace muy difícil responder cuáles son los
cuadros que requieren medicación. Intentemos, por lo
tanto, sólo ordenar brevemente el campo con algunos
ejemplos.
Los
desórdenes relacionados con la ansiedad han sido medicados
tradicionalmente con un grupo de drogas llamadas benzodiacepinas.
Entre ellas, se hallan los sedantes más comunes como
el diazepam, el clonazepam, el alprazolam o el lorazepam.
Si bien poseen un mecanismo de acción similar, existen
diferencias que los hacen más aconsejables en unos
cuadros que en otros. Por ejemplo, el clonazepam ejerce una
acción de sedación suave pero prolongada, con
lo cual se puede utilizar cuando se desea disminuir el nivel
de ansiedad basal del paciente de manera constante a lo largo
de todo el día. Por el contrario, el lorazepam actúa
de forma rápida, incluso en minutos, pero su efecto
desaparece a las pocas horas. De este modo, es más
aconsejado cuando queremos producir una sedación más
inmediata y breve, como para inducir el sueño o cortar
una crisis de pánico intensa.
Una
segunda generación de drogas de amplia utilización
la constituyen los llamados Inhibidores de la Recaptación
de Serotonina (I.R.S.) que actúan, como su nombre lo
indica, impidiendo que la serotonina sea recaptada por la
neurona presináptica. La explicación de su mecanismo
de acción es compleja y excede los fines de este artículo.
Baste con señalar que los I.R.S. han mostrado un gran
éxito en el tratamiento de la depresión, pero
también en algunos trastornos de ansiedad tales como
el Trastorno Obsesivo Compulsivo o el Trastorno por Pánico.
De hecho, se habla incluso de I.R.S. ansiolíticos,
como la paroxetina, que posee una gran capacidad de disminuir
la frecuencia e intensidad de los pensamientos intrusivos
del Trastorno Obsesivo Compulsivo o las preocupaciones exageradas
del Trastorno de Ansiedad Generalizada. No obstante, la droga
más común de este grupo es la fluoxetina, administrada
generalmente a pacientes con episodios depresivos.
De
más está decirlo, el desarrollo anterior posee
sólo fines ilustrativos en el vastísimo campo
de la psicofarmacología, una disciplina que progresa
a pasos agigantados acompasada al ritmo de los descubrimientos
en neurociencias. La Psicología no es de ninguna manera
ajena a estos progresos; por lo tanto, tampoco lo es la Terapia
Cognitivo Conductual.
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