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Por:
Lic.
Ariel Minici, Lic.
José Dahab y Lic.
Carmela Rivadeneira.
Afortunadamente,
en los últimos años se ha observado
en la comunidad psicológica de Buenos Aires
una modesta aceptación de las intervenciones
“no tradicionales” en clínica psicológica,
-concretamente, no psicoanalíticas, en cualquiera
de sus versiones. Así, hoy ya no resulta tan
extraño escuchar expresiones tales como terapia
gestáltica, cognitiva, sistémica, conductual,
post-racionalista, entre otras. Nos alegramos de este
cambio sutil y esperamos se profundice en los años
siguientes.
En lo que hace a nuestro tópico más
específico, la Terapia Cognitivo Conductual,
parece bastante evidente que los procedimientos cognitivos
reciben una más cálida bienvenida que
los conductuales. Quizá porque los primeros
son más armónicos con los esquemas previos
de nuestra cultura o quizá porque hayan recibido
mayor difusión, pero también quizá,
porque sean más simples de aprender sin una
sólida base en psicología experimental.
No lo sabemos…
En lo que sigue, vamos a revisar algunas evidencias
que avalan el uso de técnicas conductuales
sin que esto signifique ningún desprestigio
a las cognitivas.
1.
Las (difíciles) diferencias
No
vamos a reproducir aquí las dificultades para
capturar con precisión las diferencias entre
técnicas conductuales y cognitivas, sepa el
lector que esto no es tarea sencilla. Concretamente,
concentrados en lo más específico de
cada tipo de procedimiento, entre las características
distintivas comunes de las técnicas conductuales
figuran la observación y el registro del comportamiento
así como el manejo de estímulos antecedentes
y consecuentes de las conductas objetivos. Opuestamente,
lo que mejor define a un procedimiento como “cognitivo”
es el postulado de variables mediadoras de carácter
simbólico entre las situaciones estímulo
y las respuestas de los sujetos. Las técnicas
cognitivas contienen expresa o tácitamente
la premisa de que los seres humanos efectúan
valoraciones de su entorno, si no siempre, muy frecuentemente.
Este proceso puede ocurrir de modo rápido y
estereotipado, pero será responsable de una
parte importante de las reacciones emocionales subjetivamente
experimentadas.
2.
Las evidencias: palabras de la investigación
experimental
La
Terapia Cognitivo Conductual mantiene un fuerte compromiso
con la psicología experimental. De los muchos
tópicos estudiados, la forma en que el cerebro
produce las emociones sigue capturando la atención
de los investigadores. Más aún, cuando
se descubre que una gran parte de este procesamiento
emocional ocurre sin conciencia por parte de los sujetos,
el tópico renueva su atractivo y seduce a los
psicólogos clínicos ocupados más
en resolver problemas humanos concretos. Y definitivamente,
tienen razón, pues las investigaciones acerca
del procesamiento emocional tanto conciente como inconsciente
tocan directamente a los procedimientos psicoterapéuticos
utilizados en el tratamiento del estrés, la
ansiedad, el enojo, la depresión entre otros.
A continuación, revisaremos en unas pocas líneas
un vasto campo de evidencias; sugerimos al lector
interesado dirigirse a las fuentes.
El campo de la percepción subliminal tiene
su tradición en psicología. En los protocolos
experimentales de “enmascaramiento”, se
presenta un estímulo amenazante seguido inmediatamente
de otro estímulo llamado máscara. En
estas condiciones, el estímulo-máscara
bloquea el reconocimiento del estímulo amenazante,
vale decir, los sujetos no logran reconocer ninguna
imagen, no obstante, puede demostrarse que este último
es procesado por el sistema, sin atención conciente,
y que modula la conducta emocional del sujeto. Por
ejemplo, se ha demostrado que la presentación
enmascarada de imágenes fóbicas impacta
en la actividad autonómica del sujeto de manera
similar a cuando esas imágenes se presentan
de forma no enmascarada. Öhman resume las conclusiones
de estos trabajos:
· Se pueden elicitar respuestas autonómicas
de miedo frente a estímulos amenazantes no
percibidos conscientemente.
· Existen correlaciones entre respuestas
psicofisiológicas y evaluaciones subjetivas
cuando se presentan estímulos amenazantes
de forma subliminal: las personas se evalúan
a sí mismas como más a disgusto, más
activadas y con menor control que ante imágenes
no amenazantes.
Le
Doux desarrolló un programa de investigaciones
acerca del procesamiento emocional no consciente.
Propone un modelo neural explicativo del miedo y la
ansiedad en el cual la información de carácter
emocional viaja hacia la amígdala, el centro
neural más involucrado con las repuestas emocionales
defensivas primarias: miedo, ansiedad, pánico,
también ira. El aspecto crítico del
modelo es la forma en que viaja la información
hacia la amígdala, concretamente, en paralelo,
a través de dos vías:
· Una, llamada vía baja, llega directamente
a la amígdala. Se trata de un canal de comunicación
rápido, con nula mediación consciente,
automático y grosero. Sólo avisa que
hay peligro.
· La otra, denominada vía alta, también
llega a la amígdala, pero atravesando la
corteza; lo cual la transforma en una línea
de comunicación más lenta pero más
fina, más precisa, aunque no necesariamente
consciente. Esta es la vía que posee la capacidad
de discriminar cuál es un evento peligroso
y cuál no; también por ello tiene
la posibilidad de limitar el desarrollo de ansiedad
automático que se produce por la vía
baja más rudimentariamente “sintonizada”.
En
suma, la activación del miedo involucraría
un sistema en paralelo, que envía información
desde los centros sensoriales a los defensivos. La
ventaja evolutiva de un tal sistema consiste en que
la vía baja, más rudimentaria, actuaría
rápidamente “poniendo en guardia”
al organismo en escasos instantes mientras que la
vía alta, más precisa pero más
lenta, tendría la labor de impedir una respuesta
emocional inadecuada.
3.
Conclusiones: ¿por qué sí a las
técnicas conductuales?
En
un artículo de 1997, el mismo Aaron Beck postula
un modelo de procesamiento de la información
para la terapéutica de los trastornos de ansiedad.
Brevemente, sostiene que el trabajo de la Terapia
Cognitiva consiste en desactivar el sistema automático
más primitivo de amenaza apelando y ampliando
los procesos cognitivos estratégicos, más
elaborados y racionales. Se trataría pues,
de enseñar a las personas con problemas de
ansiedad a utilizar adaptativamente los procesos controlados
para manejar los procesos automáticos que favorecen
sesgadamente a la información amenazante. Hipótesis
perfectamente compatible con los modelos de procesamiento
emocional que acabamos de presentar. El planteo lleva
tácitamente la premisa de que existen más
allá de los procesos cognitivos, otros sistemas
que de manera independiente ejercen de suyo un efecto
sobre las emociones. Son estos sistemas los que Beck
conceptualiza como los más primitivos, aquéllos
que deben ser desactivados reforzando los estratégicos.
Perfectamente de acuerdo. Ahora bien, ¿por
qué no utilizar también –vale
decir, aparte del cognitivo- un abordaje cuyo target
sea expresamente este sistema primitivo de detección
de amenaza? Claro está que esto no pretende
en absoluto reemplazar al abordaje cognitivo. No hace
ya falta aclararlo, este es el ámbito de las
técnicas conductuales.
Si algunos de los procesos emocionales desadaptativos
se producen por la activación de sistemas neurales
primitivos que adquieren información del ambiente
siguiendo las leyes de los condicionamientos, total
o parcialmente independientes del control cognitivo
que ejercen los sistemas evolutivamente más
avanzados como la corteza ¿podremos abordarlos
con técnicas cognitivas? Seguramente sí,
podremos. Esta respuesta no debería sorprender
al lector pues no va en contra de las argumentaciones
antes esgrimidas. Definitivamente, los procedimientos
cognitivos han demostrado su efectividad en el manejo
de emociones, incluso cuando estas dependen de procesos
de condicionamiento. El interrogante más crítico
en nuestro debate es si se justifica la elección
de otros procedimientos, los de carácter conductual,
para estos mismos objetivos. En vistas de las evidencias
sobre el procesamiento emocional automático,
no conciente, mediado por las leyes de condicionamiento,
¿resulta válido diseñar y aplicar
intervenciones que apunten específicamente
a estos sistemas, obviando las variables mediacionales
simbólicas? Por supuesto, sí resulta
válido, pues tales técnicas no sólo
se encuentran en perfecta concordancia teórica
con los procesos que pretenden manejar sino que se
demuestran sumamente efectivas. Tomemos un ejemplo
a fin de clarificar el final de nuestra discusión.
La relajación muscular profunda ocupa un lugar
destacado en el repertorio de las técnicas
de la Terapia Cognitivo Conductual. Posee un extenso
ámbito de aplicación y su efectividad
se encuentra más que demostrada. En el campo
de los desórdenes de ansiedad, la relajación
ha sido utilizada como medio para desactivar las asociaciones
postuladas entre los estímulos y las reacciones
emocionales desadaptativas. Así, partiendo
de la idea de que algunas reacciones de ansiedad y
miedo se hallan funcionalmente ligadas a estímulos
contextuales vía condicionamiento clásico,
se procede a asociar esos mismos estímulos
condicionados a una respuesta antagónica a
la ansiedad, esto es, la relajación. Esta es
la base teórica de la desensibilización
sistemática, hipótesis conocida como
de inhibición recíproca.
Los procedimientos cognitivos llevan el supuesto de
que existen variables mediadoras de carácter
simbólico entre los estímulos ambientales
y las reacciones emocionales, ese es justamente su
target de acción. Pero la psicología
experimental y las investigaciones neurocientíficas
convergen en que mucha de nuestra vida emocional transita
por vías ajenas a los sistemas cerebrales capaces
de manejar símbolos y generar conciencia. Entonces,
¿cómo podremos operar sobre esas vías
utilizando exclusivamente procesos simbólicos,
primariamente de carácter verbal? En fin, si
en alguna medida se logra, no cabe duda de que el
objetivo será mejor alcanzado echando mano
de procedimientos que operen directamente sobre esas
rutas, procedimientos cuya lógica se encuentra
en mayor sintonía con los procesos que pretendemos
manejar. Por supuesto, las investigaciones acerca
de los componentes que ejercen eficacia en los tratamientos
psicológicos favorecen esta elección.
En suma, las evidencias experimentales otorgan sobrada
justificación al uso de procedimientos como
la desensibilización sistemática, la
exposición y prevención de la respuesta,
los programas de economía de fichas, etc. Más
aún, las técnicas conductuales se han
demostrado eficaces en la modificación de pensamientos
e imágenes mentales y no únicamente
para el cambio en respuestas motoras y emocionales.
Por supuesto, los estudios también destacan
la efectividad de los procedimientos cognitivos. Por
ello, el modelo se configura hoy como cognitivo
Y conductual.
En efecto, lejos de los dogmatismos y debates entre
escuelas, las investigaciones han demostrado la supremacía
de los abordajes multicomponentes e integrales. Las
técnicas seleccionadas por los profesionales
deberían responder más a los criterios
sobre efectividad en la consecución de un objetivo
de salud y no tanto a posiciones teóricas o
preferencias personales.
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