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Por:
Lic. José Dahab, Lic. Carmela Rivadeneira y Lic. Ariel
Minici
“Si
el problema tiene solución, ¿para qué
te preocupas? Y si el problema no tiene solución, ¿para
qué te preocupas?”
Con
tal dicho popular suele responderse en algunos países
de América Latina a la persona que se la observa obnubilada,
rumiando, ofuscada en el laberinto de sus propios pensamientos.
El refrán juega inteligentemente con el doble sentido
de la palabra preocupación.
En
efecto, el vocablo preocupación posee en castellano
al menos dos acepciones. En una vertiente positiva,
preocuparse es ocuparse antes, vale decir, realizar
un ensayo mental de los problemas y sus alternativas de solución
de manera anticipada, con antelación a que los problemas
aparezcan. De este modo, nos tomamos el tiempo de meditar
y practicar mentalmente distintos cursos de acción
de los cuales elegiremos uno para llevar a la conducta concreta.
Sin embargo, en su vertiente negativa, preocuparse es “hacerse
problemas” en lugar de pensar en cómo solucionarlos.
Por ello, un segundo sentido de la palabra preocupación
refiere a un pensamiento sesgado, focalizado sobre conflictos,
que remarca fuertemente los aspectos negativos de las situaciones
y anticipa consecuencias perjudiciales, a veces, catastróficas.
Esta preocupación produce un gran sufrimiento a la
persona que la padece, dificulta su capacidad de hallar bienestar
e interfiere incluso con el adecuado desarrollo social, laboral
o académico. La preocupación crónica
y perjudicial constituye el síntoma patognomónico
del trastorno de ansiedad generalizada, aunque por supuesto,
no es exclusiva de este cuadro.
Desde
un punto de vista psicológico, las preocupaciones
perjudiciales surgen a partir de un sentido incrementado de
vulnerabilidad: la persona suele sobreestimar el
valor de las amenazas y los peligros al tiempo que subestima
sus capacidades y recursos para hacer frente a ellos. Por
ejemplo, Mariano es un joven de treinta años cuyo trabajo
de oficina le representa una fuente constante de preocupaciones.
Casi cada vez que atiende el teléfono imagina que será
un cliente gritando y amenazándolo con sentarle una
queja. Por las noches, se le dificulta dormir pues le interfieren
pensamientos sobre las tareas que su jefe le ha encomendado,
imagina que ellas estarán plagadas de obstáculos
por lo cual no podrá finalizarlas a tiempo y así
se formarán una mala imagen de él en la empresa.
El caso de Mariano muestra claramente el sentido de vulnerabilidad
incrementada; en efecto, Mariano sobreestima el peligro cuando
percibe las situaciones laborales como exageradamente problemáticas
y subestima sus capacidades cuando se evalúa a sí
mismo como poco eficaz para su resolución.
Quizá,
su tenacidad y resistencia sean las características
más dañinas de la preocupación. De hecho,
las personas que sufren a raíz de preocupaciones irracionales
desean vehementemente “parar de pensar” pero no
lo logran, sus ideas se presentan insistentemente, de modo
automático, en las más diversas situaciones,
incluso en aquéllas donde se desea voluntariamente
focalizar la atención en alguna otra actividad. Así,
las preocupaciones se transforman en una fuente de distracciones
que interfieren con la capacidad de la persona de concentrarse
en tareas importantes, como estudiar, trabajar, o simplemente,
disfrutar de una conversación con un amigo. Las preocupaciones
ocupan el centro de atención de quien las sufre y esto,
a pesar de su voluntad. Una tal característica se explica
porque las preocupaciones activan los centros cerebrales de
las emociones del espectro ansioso, la amígdala para
ser más precisos; quien se preocupa se mantiene alerta,
activo y vigilante. De manera complementaria, el miedo y la
ansiedad nos llevan a focalizar nuestra atención sobre
aquellas posibles fuentes de peligro, lo cual equivale a concentrarnos
en nuestros temas de preocupación. En otras palabras,
se produce un círculo vicioso por el cual las preocupaciones
generan ansiedad y ésta a su vez, aumenta nuestro nivel
de preocupaciones.
Con
el último párrafo estamos pisando el terreno
más amplio desde el cual debemos entender a las preocupaciones
como fenómeno psicológico: la ansiedad. Desde
un punto de vista descriptivo, solemos distinguir en el comportamiento
un triple sistema de respuesta: cognitivo, fisiológico-autónomo
y motor. Desde el nivel cognitivo, la ansiedad refiere a la
presencia de pensamientos e imágenes altamente específicos
que anticipan consecuencias negativas para la persona, predicen
peligro y amenaza. En el plano fisiológico-autónomo,
la ansiedad se manifiesta a través de la activación
de la rama simpática del sistema nervioso autónomo,
objetivándose en cambios tales como el aumento de la
presión sanguínea, taquicardia, sudoración,
náuseas, mareos, entre otros. Desde un punto de vista
motor, la ansiedad involucra comportamientos estereotipados,
repetitivos y sin sentido, como los tics, tartamudeo o temblores
y también francos comportamientos de evitación
y escape de las situaciones temidas, del tipo que realiza
un fóbico a los exámenes cuando decide no presentarse
a rendir minutos antes de la hora. Si bien existe cierta congruencia
en el funcionamiento de estos tres sistemas, ellos no son
perfectamente sincrónicos. Esto se conoce como la desincronía
o fraccionamiento de la respuesta de ansiedad. La persona
con preocupaciones crónicas manifiesta su ansiedad
fundamentalmente a través del sistema cognitivo, lo
cual se reflejará de distintas maneras en los otros
dos planos del sistema.
¿Qué
hacemos en Terapia Cognitivo Conductual frente a este problema?
Existen
distintos abordajes para ayudar a los pacientes a manejar,
disminuir y finalmente, eliminar las preocupaciones crónicas
irracionales. Entre ellos, hallamos una variada gama de técnicas
que incluye a la psicoeducación, la detención
del pensamiento, la exposición controlada a temas ansiógenos,
el entrenamiento en resolución de problemas, por sólo
mencionar algunas. Pero sin duda, el procedimiento técnico
más pertinente es la discusión cognitiva.
Con ella enseñamos a paciente a desafiar
sus propios pensamientos catastróficos, aquéllos
que exageran el peligro y lo dejan a él en situación
de extrema vulnerabilidad. A través de un conjunto
de preguntas, el paciente aprende primero a detectar,
luego a cuestionar y finalmente a descreer
de aquellas ideas que no guardan una lógica empírica
y racional. Ello conduce a la persona a tomar distancia de
sus propios pensamientos, un fenómeno que se conoce
como descentramiento: entender a las preocupaciones
como imágenes mentales exageradas que magnifican el
peligro y no como hechos verídicos adecuadamente percibidos.
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