Llamativamente,
en la cultura de una ciudad donde las ideas psicológicas
han sabido ganar su lugar, la Terapia Cognitivo-Conductual,
un modelo de intervención en clínica psicológica
muy desarrollado en otros países, no ha tenido sino
una escasa trascendencia. Sólo en los últimos
años se observa un modesto interés hacia la
misma, favorecido quizás, por la búsqueda de
alternativas más breves en los tratamientos psicológicos,
por la aparición de nuevas patologías o sencillamente,
por la globalización, que nos trae información
sobre los modos de abordaje hegemónicos en otros lugares
del mundo...
En verdad,
es una tarea sumamente difícil caracterizar en pocas
palabras todo lo que es y, no menos importante, lo que no
es la Terapia Cognitivo-Conductual. Recorramos, a manera de
introducción, la historia del desarrollo de este nuevo
visitante que desde hace poco tiempo golpea las puertas de
nuestra cultura “psi”.
La Terapia
Cognitivo-Conductual posee cuatro pilares teóricos
básicos. El primero de ellos, surge a fines del siglo
pasado a partir de las investigaciones del fisiólogo
ruso Ivan Pavlov, quien accidentalmente descubre un proceso
básico de aprendizaje que luego llamará Condicionamiento
Clásico. Muy sucintamente dicho, se trata de un proceso
por el cual los organismos aprenden relaciones predictivas
entre estímulos del ambiente. En el experimento típico
de Pavlov, un perro aprendía a salivar ante el sonido
de un metrónomo cuando éste había sido
presentado sucesivas veces antes de la administración
de comida. De esta manera, el sonido juega el papel de una
señal que anticipa la aparición de un fenómeno
relevante para la vida del organismo, el cual responde en
consecuencia.
Sobre
los trabajos de Pavlov es que se inspira uno de los autores
más conocidos y más asociados con la Terapia
Cognitivo-Conductual, justamente, John B. Watson, quien aplicando
los principios del condicionamiento clásico para remitir
la fobia de un niño, funda las bases de lo que luego
se conoce como el conductismo. Y con respecto a esto vale
la pena realizar algunas aclaraciones. El conductismo watsoniano
representa actualmente más las bases metodológicas
del modelo que un cuerpo teórico de principios explicativos
de los cuales se deriven técnicas de intervención.
En efecto, comúnmente se realiza una distinción
entre el “conductismo watsoniano o radical” y
el “conductismo metodológico”. Y en verdad,
esto último es lo que hoy conservamos en Terapia Cognitivo-Conductual
de los aportes de Watson; su énfasis en el comportamiento
como tema de la psicología y en el uso del método
científico como un modo de estudiarlo. Nada más
que eso, o mejor, nada menos que eso...
Hacia
el año 1930, las investigaciones de F. B. Skinner plantean
la existencia de otro tipo de aprendizaje, el Condicionamiento
Instrumental u Operante, proceso por el cual los comportamientos
se adquieren, mantienen o extinguen en función de las
consecuencias que le siguen.
La gran
cantidad de investigaciones desarrolladas a la luz de estos
dos paradigmas mencionados pasaron a formar lo que se conoce
como Teoría del Aprendizaje, la cual históricamente
ha nutrido con hipótesis a la Terapia Cognitivo-Conductual.
Hacia
la década de 1960 los trabajos encabezados por Albert
Bandura comienzan a conformar un nuevo conjunto de hipótesis,
cuyo énfasis recae en el papel que la imitación
juega en el aprendizaje. Las investigaciones llevadas a cabo
en esta línea cobran cuerpo en la “Teoría
del aprendizaje social”, desde la cual se afirma que
el aprendizaje no sólo se produce por medio de la experiencia
directa y personal sino que, fundamentalmente en los seres
humanos, la observación de otras personas así
como la información recibida por medio de símbolos
verbales o visuales constituyen variables críticas.
Y sólo a manera de comentario, agreguemos que Bandura
se halla también muy involucrado en la formulación
de modelos cognitivos. De hecho, hacia la misma época,
un movimiento quizás algo reaccionario al conductismo
radical, comienza a estudiar los inicialmente denominados
“eventos privados”, vale decir, pensamientos,
diálogos e imágenes internas, creencias, supuestos,
por sólo nombrar algunos de los tópicos cubiertos
por los así llamados “modelos cognoscitivos”.
Mencionemos a Aaron Beck y Albert Ellis como dos de los representantes
principales en lo que a la clínica se refiere. Aunque
desarrollados de manera relativamente independiente, sus dos
modelos de intervención terapéutica denominados,
respectivamente, Terapia Cognitiva y Terapia Racional Emotiva;
en lo esencial, coinciden. En efecto, ambos hacen hincapié
en las influencias que el pensamiento ejerce sobre las emociones,
aunque, desde el inicio, admiten que no toda la vida emocional
puede explicarse por el pensamiento. Por otra parte, el pensamiento
de un individuo refleja su sistema de interpretación
del mundo, vale decir, un conjunto de creencias, supuestos
y reglas subyacentes que por lo general no son plenamente
conocidas por las personas.
Estos
son, en breve, los cuatro pilares básicos de la Terapia
Cognitivo-Conductual: aprendizaje clásico, aprendizaje
operante, aprendizaje social y aprendizaje cognitivo. De ellos
se han desprendido múltiples líneas de investigación.
En efecto, a fin de explicar la complejidad del comportamiento
humano es preciso poner en conjunción no sólo
los principios derivados de los paradigmas mencionados, sino
considerar otros desarrollos de la investigación contemporánea
que no se oponen ni excluyen a los aspectos aquí tratados.
Particularmente, en lo que se refiere a la práctica
de la Terapia Cognitivo-Conductual, las técnicas utilizadas
combinan en diversos grados principios provenientes de múltiples
líneas de investigación. En suma, dado el carácter
científico de la Terapia Cognitivo-Conductual, ella
se nutre, sencillamente, de la investigación psicológica
contemporánea. En este sentido, no es una teoría
ni una escuela psicológica, sino que se caracteriza
mejor como un marco metodológico. No importa tanto
el origen de las hipótesis sino el que ellas hayan
pasado por la prueba empírica que exigen los criterios
metodológicos.
La intervención
terapéutica en Terapia Cognitivo-Conductual se estructura
en tres pasos. El primero contempla la evaluación cuidadosa
del caso, se refiere al momento de formular hipótesis
explicativas acerca de los problemas que trae la persona y
trazar los objetivos del tratamiento. Esas hipótesis
conducen a la segunda fase, la intervención propiamente
dicha, vale decir, el empleo de técnicas terapéuticas
orientadas al logro de los objetivos planteados. Finalmente,
la tercera fase, el seguimiento, consiste en la evaluación
de la aplicación de programa terapéutico y la
realización de los ajustes necesarios para el mantenimiento
de los cambios.
Una de
las críticas más difundidas hacia la Terapia
Cognitivo-Conductual afirma que los síntomas retornarán
una vez eliminados, vale decir, que habrá recaídas
o sustitución de síntomas. Sin embargo, gran
cantidad de estudios de seguimiento ha demostrado que la mayoría
de las veces este fenómeno no se produce. Las investigaciones
que reportan recaídas corresponden a trastornos en
los cuales ninguna estrategia psicológica ha mostrado
una eficacia significativa, tal es el caso de la Esquizofrenia
o el Trastorno Antisocial de la Personalidad. Por otra parte,
los índices de eficacia de la Terapia Cognitivo-Conductual
para algunos grupos de síndromes, como los trastornos
de ansiedad, rondan el 90 % de casos recuperados o muy mejorados
en estudios de seguimiento a más de dos años.
Estos datos se vuelven especialmente relevantes si se considera
la alta incidencia de este tipo de patologías. No obstante,
en los trastornos por dependencia a sustancias psicoactivas,
los índices de eficacia bajan abruptamente, sólo
la mitad de los pacientes tratados en comunidades terapéuticas
que operan con los principios de la Terapia Cognitivo-Conductual
se mantienen abstinentes por más de dos años.
Y aunque desalentadoras, estas cifras son las más elevadas
que hasta la actualidad se han reportado en lo que a la dependencia
química se refiere.
Quizás,
esta serie de críticas surja de la concepción
de que los tratamientos adecuados deben identificar indefectiblemente
las “causas” de los síntomas. En verdad,
en Terapia Cognitivo-Conductual no ignoramos las “causas”
de los síntomas; todo lo contrario, ellas juegan un
rol muy importante en la elección de las estrategias
terapéuticas. Sin embargo, no es en el contexto clínico
donde procuramos identificar esas causas; la clínica
constituye el ámbito de aplicación de los conocimientos
que han nacido y se han validado en otro contexto, el de investigación.
Él nos provee de hipótesis y teorías
explicativas acerca del comportamiento humano, las cuales
articulamos en cada caso individual a fin de elegir las estrategias
terapéuticas adecuadas, justamente, en esto consiste
el primer paso de la terapia, la evaluación. Tal vez
esta confusión se deba al hecho de que en Terapia Cognitivo-Conductual
el acento no esté puesto en las “causas”
relacionadas con la historia personal del paciente, sino muy
especialmente en aquéllas provistas por las teorías
explicativas del comportamiento humano.
En suma,
el modelo cognitivo-conductual constituye un movimiento contemporáneo
de integración mucho más amplio que un paquete
de técnicas. Posee lineamientos éticos y bases
filosóficas y metodológicas determinadas, acordes
a la precisión y especificidad de las ciencias del
comportamiento.
Bibliografía:
> Navarro
Cueva, R.: (1994) “Del condicionamiento clásico
a la Terapia Conductual Cognitiva: hacia un modelo de integración”,
en Aprendizaje y Comportamiento, vol. 10, A.L.A.M.O.C., Lima.
> Belloch,
A., Sandín, B. y Ramos, F.: (1995) “Manual de
Psicopatología”, vol. 1, McGraw-Hill/Interamericana
de España, Madrid.
> Sheldon,
B.: (1995) “Cognitive-Behavioural Therapy. Research,
practice and philosophy”, Routledge, London.