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Por:
Lic. Ariel Minici, Lic. Carmela Rivadeneira y Lic. José
Dahab
Desde
que Hans Selye fundara y popularizara su campo de estudio,
el estrés constituye uno de los tópicos que
más discusión e investigación ha generado.
En
primer lugar, es importante ubicar al estrés dentro
de una perspectiva evolutiva. En este sentido, desde
el punto de vista filogenético, se trata de un proceso
con un claro valor adaptativo de supervivencia. A grandes
rasgos, la respuesta de estrés prepara al organismo
para luchar o huir. Mediante el aumento del ritmo cardíaco,
la constricción de ciertos vasos sanguíneos
y la dilatación de otros, el oxígeno y la glucosa
se movilizan hacia los músculos esqueléticos
y el cerebro, disminuyendo la irrigación de los tejidos
no esenciales para el ejercicio físico. Paralelamente,
se potencian los procesos de cognición, disminuye la
percepción del dolor y se detienen las actividades
fisiológicas que no implican un beneficio inmediato,
tales como el crecimiento o la digestión. En pocas
palabras, el organismo se prepara para luchar o huir
(Sapolsky, 1990), comportamientos claramente adaptativos para
nuestros antepasados quienes debían enfrentarse a amenazas
predominantemente de tipo físico.
La
evolución cultural, mucho más veloz que la evolución
biológica, ha conducido a que la clase de problemas
con los que actualmente nos enfrentamos en las sociedades
modernas no sean manejables con comportamientos de escape
o lucha. Sin embargo, ello no significa que la respuesta de
estrés sea hoy absolutamente desadaptativa; en verdad,
todo depende del monto de la misma. En efecto, la reacción
de estrés consiste en un importante aumento de
la activación fisiológica, cognitiva y motora,
la cual prepara al organismo para dar una solución
más rápida y eficiente a las demandas del medio.
Dicha sobreactivación resulta adaptativa hasta cierto
nivel, superado el cual tiene un efecto desorganizador sobre
el comportamiento. Por lo tanto, la respuesta de estrés
no es nociva en sí misma, sino que se trata de una
reacción que permite disponer de recursos excepcionales
para hacer frente a demandas ambientales muy exigentes. Sin
embargo, cuando dicha respuesta aparece de manera muy frecuente,
intensa o duradera, ella acarrea consecuencias negativas
a causa de que obliga al organismo a mantener una activación
por encima de sus posibilidades (Labrador, F. y Crespo, M.,
1994). Aunque inicialmente se consideró que esta activación
fisiológica era global e indiferenciada, actualmente
se tienen en cuenta ciertos mecanismos neurales y endocrinos
que se ponen en funcionamiento no sólo de acuerdo a
las características del estresor, sino también
a las de los procesos cognitivos de evaluación. Brevemente,
se reconocen tres ejes de activación. El eje neural
se activa de forma inmediata frente a una situación
de estrés comprometiendo la rama simpática del
sistema nervioso autónomo, lo cual no suele acarrear
problemas de tipo psicofisiológicos. El eje neuroendocrino
posee un tiempo de activación más lento por
lo cual necesita condiciones de estrés más sostenidas.
A través del disparo de las cápsulas suprarrenales,
genera la secreción de catecolaminas que aumentan y
mantienen la actividad adrenérgica somática.
Se considera a este eje como el de enfrentamieno-huida pues
el organismo se prepara para una intensa acción muscular,
activándose selectivamente si el individuo percibe
que se puede hacer algo para controlar la situación.
Su funcionamiento sostenido puede contribuir, entre otras
cosas, al surgimiento de problemas cardiovasculares. Por último,
el eje endocrino se dispara más lentamente y
posee efectos más duraderos que los anteriores, requiriendo
una situación de estrés más prolongada.
Parecería que su activación se produce cuando
la persona no posee estrategias de afrontamiento adecuadas
y solamente debe resistir el estresor. Inicia un complejo
proceso de secreción hormonal a través de diferentes
vías, facilitando la liberación de glucocorticoides,
mineralocorticoides y adrógenos. Sus efectos más
destacables consisten en depresión, indefensión,
pasividad, inmunosupresión y sintomatología
gastrointestinal (Labrador, F. y Crespo, M., 1994).
El
estrés ha sido conceptualizado alternativamente como
respuesta o como estímulo, pero las teorías
basadas en la interacción son las que actualmente
reciben mayor apoyo de la comunidad científica. En
especial, sobresale el enfoque que dentro de la Psicología
Cognitiva ha desarrollado Richard Lazarus, quien define al
estrés como "... una relación particular
entre el individuo y el entorno que es evaluado por éste
como amenazante o desbordante de sus recursos y que pone en
peligro su bienestar..." (Lazarus, R. y Folkman,
S. 1984). En este marco, cobran importancia los conceptos
de evaluación y estrategias de afrontamiento.
Desde
la óptica de la Psicología de la Salud, el estrés
se considera el elemento etiológico por excelencia
de las clásicamente llamadas enfermedades psicosomáticas.
En efecto, puede causar trastornos físicos a través
de dos vías. Por una parte, tal como se mencionó
anteriormente, el estrés inicia todo un conjunto de
reacciones bioquímicas en el sistema nervioso central
y en el sistema endocrino, las cuales poseen una variada gama
de consecuencias nocivas sobre la salud. Entre ellas, desearíamos
resaltar la disminución de la eficacia del sistema
inmunológico -inmunosupresión-, hecho que, naturalmente,
aumenta la predisposición a contraer cualquier enfermedad.
Esta es el área de investigación de una moderna
disciplina científica denominada psico-neuro-endocrino-inmunología,
término que señala la variedad de tópicos
que ella abarca.
Por
otra parte, el estrés puede influir en la salud indirectamente,
vale decir, incrementando comportamientos nocivos y decrementando
aquellos otros que benefician al organismo. En este punto
cobran importancia las estrategias de afrontamiento
en cuanto ellas constituyen formas con las que los individuos
intentan manejar, con éxito o sin él, las situaciones
que perciben como estresantes. Digamos, brevemente, que
el impacto de un estresor puede movilizar diferentes clases
de estrategias de afrontamiento más o menos eficaces,
más o menos saludables. Efectivamente, las personas
pueden deliberadamente dirigir sus esfuerzos a solucionar
el problema que les causa malestar o pueden tratar de variar
su propio estado emocional con relación al mismo. En
este último caso, podrían intentar disminuir
su nivel de ansiedad por medio del ejercicio físico
o por medio del consumo excesivo de tabaco y alcohol. Obviamente,
las consecuencias para la salud serán muy diferentes
de acuerdo con el camino elegido.
Por
supuesto, el estrés constituye un factor etiológico
fundamental de muchos desórdenes emocionales, en
especial de aquéllos denominados "Trastornos
de Ansiedad". Como se deduce del nombre, se trata
de un conjunto de síndromes clínicos cuyo eje
central lo constituye la respuesta de ansiedad, de cuya forma
de manifestación dependerá que se cumplan los
criterios para uno u otro trastorno englobado en esta categoría.
Las investigaciones epidemiológicas señalan
que los trastornos de ansiedad representan el problema mental
más frecuente en la psicopatología (Belloch,
A., Sandín, B. y Ramos, F., 1995).
La
ansiedad, al igual que cualquier otra emoción,
suele definirse en términos de un triple sistema de
respuestas que incluye un componente subjetivo o cognitivo,
uno fisiológico o somático y otro motor. El
elemento cognitivo se refiere a la propia experiencia emocional
desagradable y cualitativamente diferenciable que incluye
sentimientos de miedo, alarma, inquietud, aprensión,
entre otros. Los cambios fisiológicos se asocian a
un incremento de la actividad del sistema nervioso simpático,
lo cual se refleja en cambios en las funciones neurovegetativas
tales como la respiración, la tasa cardíaca,
dilatación pupilar o la palidez facial. Finalmente,
se observa una respuesta motora que por una parte, comporta
movimientos repetitivos, estereotipados y sin sentido; en
tanto que por la otra, apunta fundamentalmente a la evitación
o el escape (Tobal, J. y Cano Vindel, A., 1988).
Claramente,
puede observarse que existe un solapamiento entre los conceptos
de estrés y ansiedad. La forma en que actualmente se
entiende al estrés, es decir, desde un enfoque interactivo,
proporciona un modelo amplio dentro del cual juegan su rol
gran cantidad de variables que modulan el proceso. La ansiedad,
en tanto emoción, parecería ser un concepto
más acotado susceptible de insertarse dentro de aquel
modelo más abarcativo. En efecto, un sujeto que evalúe
una situación cualquiera como potencialmente dañina
experimentará una elevación en su estado de
ansiedad. Naturalmente, el grado de incremento de tal emoción
estará en función de un amplio conjunto de variables
que van desde las más básicas tendencias de
personalidad hasta las características propias del
entorno pero, indefectiblemente, en esa situación de
estrés se producirá un aumento del estado de
ansiedad. En este punto, habría que repetir algunas
cuestiones ya mencionadas a propósito del valor adaptativo
del estrés. En unas pocas palabras, la respuesta de
ansiedad no necesariamente es perjudicial sino que, nuevamente,
juega un rol definitivo el monto de la misma.
En
síntesis, el auge de la investigación y producción
científica alrededor del estrés ha conducido
a la generación de modelos que enfatizan la interacción
entre el organismo y su entorno. Integrando gran cantidad
de variables, los enfoques actuales han destacado el papel
del estrés en una amplia variedad de problemas de salud
al mismo tiempo que han rescatado su valor adaptativo.
Bibliografía
·
Labrador, F. y Crespo, M.: "Evaluación del
estrés", en Fernández-Ballesteros, R.:
"Evaluación conductual hoy", Pirámide,
Madrid, 1994.
· Lazarus, R. y Folkman, S.: "Estrés
y procesamiento cognitivo". Martínez Roca, Barcelona,
1984.
· Sandín, B: "El estrés",
en Belloch, A., Sandín, B. y Ramos, F., : (1995) "Manual
de Psicopatología", vol. 1, McGraw-Hill/Interamericana
de España, Madrid.
· Sapolsky, M.: "El estrés en los
animales", Investigación y ciencia, Marzo de 1990.
· Tobal, J. y Cano Vindel, A.: "Manual
del I.S.R.A. Inventario de situaciones y respuestas de ansiedad",
TEA, Madrid, 1988.
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