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Por:
Lic. José Dahab, Lic. Ariel Minici y Lic. Carmela Rivadeneira
El
mismo nombre del enfoque refiere a la imbricación de
dos líneas de investigación que se funden en
una sola práctica. Efectivamente, fue hacia la década
del sesenta que teorías provenientes de paradigmas
diferentes y relativamente independientes se consolidaron
en un solo cuerpo dando origen a lo que hoy llamamos Terapia
Cognitivo Conductual. Si bien no existe una línea divisoria
tajante y clara entre “lo cognitivo” y “lo
conductual", se acepta bien la clasificación de
algunos temas y técnicas como más propios de
uno u otro campo. Tal es el caso de la reestructuración
cognitiva, una estrategia de intervención que aunque
proviene de desarrollos bien identificados dentro del modelo
cognitivo, no carece de un indiscutible aspecto conductual.
Ahora
bien, ¿Qué es la reestructuración cognitiva?
¿Cuáles son sus fundamentos? ¿En qué
consiste su proceder técnico?
Como
en muchos aspectos, la ciencia y en nuestro caso particular,
la Terapia Cognitivo Conductual, parten del sentido común,
al cual sistematizan y extreman. Por ello, una buena forma
de entender los fundamentos de la reestructuración
cognitiva es preguntarse primero por algo más básico
y general: ¿cómo se produce la formación
de creencias en la vida cotidiana?, ¿qué
produce la modificación del pensamiento en nuestro
acaecer diario? O quizá más pragmáticamente,
¿se puede cambiar el pensamiento?,
y en caso afirmativo, ¿podrá ese cambio
estar mediado por una decisión voluntaria, por un plan
deliberado?, ¿o tal vez la modificación
sólo pueda ocurrir de manera azarosa al ritmo que transcurren
los sucesos vitales?
Una
de las características diferenciales de los seres humanos
respecto de otras especies es la capacidad que posee nuestro
cerebro para representar el mundo a través de imágenes,
vale decir, somos la especie que mayor habilidad posee para
generar representaciones mentales del entorno en ausencia
de los objetos reales y tangibles. Así nos permitimos
disfrutar fantaseando con un viaje que deseamos realizar,
nos atemorizamos ante la idea ser asaltados, nos entristecemos
ante la expectativa de perder a un ser querido. En los tres
casos mencionados se trata de lo mismo, simplemente reaccionamos
emocionalmente no frente a los hechos reales del ambiente
sino frente a representaciones que formamos de ellos. Indiscutiblemente,
la capacidad simbólica de los seres humanos ha marcado
crucialmente nuestro destino como especie: desde un plan simple
sobre lo que pensamos almorzar mañana hasta las máximas
expresiones culturales enraízan en ella.
Claro
está que excede enormemente los objetivos de este artículo
discutir sobre la formación y desarrollo del pensamiento
humano, no obstante sí deseamos llamar la atención
sobre un aspecto. Uno de sus pilares, quizá el principal,
lo constituye el aprendizaje empíricamente guiado,
ya sea a través de experiencias personales directas
o mediadas por el modelado de otras personas. En pocas palabras,
el requerimiento básico de nuestro pensamiento en la
vida cotidiana es que tenga un fundamento empírico,
concreto, apoyado en evidencias. No importa cuál fuera
la forma en que se llame o cómo se requiera, el sentido
común nos indica que tenemos que “ver para creer”.
Bastan algunos ejemplos rutinarios para ilustrar este hecho.
Nos sentamos en una silla cuando vemos que la silla se encuentra
disponible, al alcance de nuestro cuerpo. Levantamos el pie
para subir una escalera cuando observamos el escalón
delante. Si pensamos en resolver una disputa laboral, tomamos
en cuenta aquellos datos que conocemos sobre las personas
con las que nos vamos a enfrentar. Si alguien nos cuenta una
anécdota algo sorprendente, simplemente le preguntamos
¿cómo lo sabe? El sentido común, las
creencias con las que operamos en nuestras vidas cotidianas,
se hallan fundados en una lógica empírica; requerimos
evidencias para formar las representaciones del mundo que
luego nos guían a operar, a actuar.
Este
hecho, la lógica empírica del sentido común,
lo recoge Aaron Beck para fundamentar la Terapia Cognitiva
y, especialmente, su técnica por excelencia: la discusión
cognitiva. En efecto, en alguno de sus textos, Beck refiere
a su propuesta terapéutica como una terapia de sentido
común. Veamos brevemente por qué.
La
discusión cognitiva contempla una serie de pasos y
ejercicios, cada uno de ellos con unas cuantas posibles variantes
que nosotros sólo describiremos muy rápidamente.
El procedimiento se inicia con un entrenamiento en “darse
cuenta”. Técnicamente, nos referimos a este paso
como detección y registro de pensamientos automáticos.
Aquí, la persona aprende a identificar y definir con
claridad los pensamientos que la conducen al malestar emocional
así como el grado de creencia que presta a los mismos.
Logramos de este modo un primer efecto terapéutico
conocido como descentramiento, vale decir, la persona comprende
e incorpora la noción de que sus pensamientos no son
hechos reales y palpables sino fenómenos mentales que
pueden o no estar de acuerdo con lo que efectivamente sucede.
El descentramiento ayuda a tomar distancia de las propias
cogniciones y las coloca sobre el primer paño de duda,
algo que cobrará toda su relevancia en los momentos
siguientes con la discusión propiamente dicha. En efecto,
el eje de la técnica consiste en desafiar aquellos
pensamientos detectados en la fase anterior, la persona aprende
a desconfiar de ellos, evaluarlos críticamente y finalmente
buscar otras alternativas más realistas y adaptativas.
Ahora bien, ¿cómo los desafía?, ¿cómo
los discute?
Si
bien existe una amplia gama de estrategias a los fines de
desafiar los pensamientos, casi todas ellas podrían
resumirse en una sola palabra: evidencias. La discusión
cognitiva lleva las ideas y creencias a un terreno empírico,
vale decir, ayuda a que la persona se cuestione sobre la base
de sucesos reales de sus propias experiencias cotidianas.
Y cuando ellas no son claras o suficientes, buscamos generarlas
a través de los ejercicios conocidos como experimentos
conductuales. De aquí la pregunta por excelencia del
terapeuta cognitivo: ¿qué evidencias tiene usted
de que lo que piensa es correcto? Tomemos un caso típico.
Las
personas con trastorno por pánico suelen tener miedo
a morir de un infarto, una idea que se les hace presente cada
vez que experimentan alguna sensación corporal ligeramente
distinta a lo habitual. Preguntémosle a esta persona:
¿Cuántas veces ha creído usted que la
taquicardia estaba a punto de provocarle un infarto? Normalmente,
muchas, en algunos casos más de una vez por día.
Paso siguiente, ¿cuántas veces de verdad se
ha infartado? Claro está…nunca. Y entonces, si
usted ha pensado y creído casi diariamente que se estaba
por infartar, y sistemáticamente se ha equivocado,
¿qué conclusión puede usted extraer de
esto?
Definitivamente,
la elección de un procedimiento técnico que
se pretenda científico no habrá de depender
del antojo u opinión personal de un investigador o
autor, más allá de cuán grande sea su
trayectoria o reconocimiento. La reestructuración cognitiva
no escapa a esta regla. Por ello, resulta valioso entender
sus fundamentos, su lógica y su racionalidad. El corazón
mismo de la Terapia Cognitiva coincide con el del sentido
común: observabilidad y evidencias para otorgar credibilidad
a las ideas. No en vano Aaron Beck ha denominado al marco
de trabajo “empirismo colaborador”.
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