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Por:
Lic.
Carmela Rivadeneira, Lic. José Dahab y Lic. Ariel Minici
Uno de los mitos más difundidos afirma
que en Terapia Cognitivo Conductual no se
le otorga importancia a la relación terapéutica
o peor aún, que el terapeuta cognitivo conductual se
avoca fríamente a aplicar técnicas, con nula
consideración de los aspectos afectivos que se juegan
inexorablemente en cualquier lazo humano. De este modo, se
dibuja la imagen de un psicólogo apático y distante,
que conduciendo un programa técnico insensible de acuerdo
a un protocolo estructurado cual receta, ignora el colorido
abanico emocional que su paciente habrá de depositar
en él. En fin, otro mito que no es más que eso,
un mito. Apoyándose en el desconocimiento, se formulan
críticas que prejuzgan y condenan el trabajo serio
de una comunidad científica que trabaja para mejorar
la salud y la calidad de vida de personas que sufren.
Contrariamente a lo que versan tales críticas
aventuradas desde otras perspectivas, en Terapia Cognitivo
Conductual se ha considerado y debatido la temática
de la relación terapéutica desde hace más
de cuatro décadas. Más aún, siendo fieles
al compromiso entre aplicación e investigación,
se han llevado a cabo estudios empíricos con el objetivo
de clarificar las variables en juego. Vale decir, desde el
enfoque de la Terapia Cognitivo Conductual
no se trata únicamente de debatir y opinar acerca del
vínculo terapéutico, también debemos
objetivar empíricamente el proceso.
En la tradición conductual se sostiene que la relación
entre terapeuta y paciente se fortalece cuando éste
percibe que el tratamiento le reporta resultados exitosos.
No obstante, también se ha observado que la efectividad
puede esfumarse si el profesional no contempla el vínculo
terapéutico. El manejo adecuado del mismo aumenta la
confianza del paciente hacia la terapia y propicia el marco
óptimo para la aplicación del tratamiento.
Los programas de entrenamiento en Terapia
Cognitivo Conductual dejan en claro que el psicólogo,
además de detentar una sólida formación
teórica y técnica, debe poseer ciertas habilidades
de comunicación orientadas al fortalecimiento de la
relación terapéutica.
Se denominan “variables inespecíficas”
a aspectos tales como la personalidad, el estilo de comunicación
y las habilidades sociales del terapeuta. Si bien no otorgan
las condiciones suficientes para el cumplimiento de los objetivos
de la terapia, las variables inespecíficas pueden aumentar
notablemente la probabilidad de éxito. Más aún,
en lo que hace al abordaje de patologías tales como
los desórdenes de personalidad, ellas se han revelado
como un elemento de crucial importancia.
Discutimos a continuación algunas aristas importantes
del vínculo terapéutico y de las variables inespecíficas.
Grosera y rápidamente expresado, las puntualizaciones
que siguen deberían propiciar un contexto en el que
ambas personas, paciente y terapeuta, se hallen cómodos
en el trabajo que los reúne. Enfatizamos, entonces,
un aspecto menos explorado quizá: el que el terapeuta
también debe propiciar para sí un clima de trabajo
humano agradable. Y si bien un tal objetivo involucra a los
dos individuos, la responsabilidad técnica y ética
de su consecución atañe tan sólo al psicólogo
y no al paciente.
1. Aceptación incondicional
o “no enjuiciamiento”
Cuando el profesional toma un caso deberá
comprometerse a aceptar y a ayudar al paciente. Aceptarlo
significa contemplarlo como un ser humano con sus defectos,
muchos de los cuales pueden no hallarse en conexión
con el motivo de consulta. En este sentido, una aceptación
equilibrada permite señalar al paciente áreas
a mejorar o aspectos de su estilo de vida potencialmente dañinos
para su salud, sin ejercer manipulación o presión.
La aceptación atañe particularmente a la comprensión
de que la persona busca ayuda y no debería ser juzgada
como “mala”, “tonta” o con cualquier
otro calificativo peyorativo. Incluso frente a escenarios
tales como la delincuencia, el psicólogo no debería
olvidar que el paciente pide ayuda y su misión es brindarla
sin emitir juicios. Cuando por cualquier motivo, no logre
tal aceptación, entonces debería derivarlo.
2. Motivación e involucración
El psicólogo debe sentirse genuinamente
motivado para ayudar al paciente. Esto implica naturalmente
la vocación por el trabajo clínico en general
pero particularmente, el agrado e interés por la patología
puntual que presenta la persona que se encuentra en frente
suyo. La motivación del terapeuta dependerá
en parte de sus horas de descanso o de la cantidad de entrevistas
diarias que realiza. Resulta escasamente probable que mantenga
un adecuado deseo de trabajar si duerme poco o atiende a diez
personas por día. Puntualmente, no debería suceder
que el móvil principal de un tratamiento se halle en
variables económicas.
En fin, sin importar demasiado la razón,
una pobre motivación por parte del terapeuta derivará
en menores niveles de efectividad y mayor cantidad de fracasos.
3. Empatía
Se refiere a la capacidad de comprender al
paciente a partir de su propio punto de vista. Se trata de
una de las habilidades más deseadas para un terapeuta
pues permite entender a la persona desde sus propios esquemas
cognitivos y su historia particular, tomando distancia de
juicios inmediatos condenatorios o etiquetadores. Desde esta
perspectiva, constituiría un error por falta de empatía
el calificar como “fracasado” a un hombre de 59
años que padece depresión y cuyos hijos lo sostienen
económicamente. Indagando la visión personal
del paciente, el psicólogo quizá descubra que
la depresión se halla más relacionada con la
soledad que con la falta de dinero o trabajo. Entonces, es
desde esta óptica que debería abordar el caso.
Dicho vulgarmente, “ponerse en los
zapatos del paciente” aumenta la probabilidad de éxito
terapéutico al tiempo que mantiene el respeto a la
libertad y autodeterminación.
4. Autenticidad
El terapeuta cognitivo conductual expresa
sus acuerdos o discrepancias con el paciente de manera sincera
y directa. A diferencia de otros enfoques terapéuticos,
no se mantiene abstinente ni neutral. Por el contrario, basado
en un criterio de salud y enmarcado en una formación
científica, contesta las dudas que el paciente le plantee
con un lenguaje simple y claro. Más aún, no
se muestra hermético ni oculta su vida personal, permitiéndose
responder preguntas o hacer comentarios espontáneos
acerca de sí mismo. Así, por ejemplo, podrá
referirse a aspectos tan cotidianos como la universidad de
la cual egresó u otros más “privados”,
como su orientación sexual, si el paciente desea saberlo
y el psicólogo desea contarlo.
Naturalmente, no resulta muy habitual que
el profesional hable frecuentemente de sí mismo, porque
sencillamente, no es este el objetivo por el cual se reúne
con el paciente. Tampoco a este último suele interesarle
tanto la vida de su terapeuta. No obstante, una actitud sincera
y auténtica mejora el vínculo terapéutico,
aumentando la confianza de la persona que consulta.
5. Ecuanimidad
El feedback hacia el comportamiento del paciente
constituye uno de los pilares que apuntalan la relación
terapéutica. Por lo tanto, el psicólogo cognitivo
conductual deberá manejarlo equilibradamente ya que
tanto la crítica como la aprobación excesivas
pueden ser contraproducentes. Si el terapeuta es demasiado
negativo, quizá desvalorice comportamientos que, aunque
pequeños para otras personas, representan un logro
importante para algunos pacientes. Por el contrario, si se
muestra excesivamente positivo, puede estar omitiendo conductas
que requieren ser cuestionadas y eventualmente corregidas.
6. Respeto y manejo de las propias
emociones negativas
El psicólogo habrá de manejar
adecuadamente sus emociones y las expresará asertivamente;
no debemos olvidar que representa un importante modelo para
quienes acuden a su consulta. Independientemente de las diferencias
que puedan existir entre paciente y terapeuta, este último
debe utilizar un lenguaje de respeto y cordialidad. Especialmente,
el enojo del paciente puede representar una muestra de conducta
que requiere ser analizada más que juzgada y atacada.
7. Considerar aspectos de forma
La puntualidad, la realización de tareas,
las sesiones en las que el paciente se ausenta o cancela,
la involucración con el tratamiento son aspectos que
influyen en la relación terapéutica. El psicólogo
los analiza y debate con el paciente pues de lo contrario,
pueden interferir con el curso del tratamiento.
8. Visión positiva
El terapeuta debe conducirse racionalmente,
manejando sus propias emociones desadaptativas que podrían
interferir en su pericia profesional. Pero más específicamente,
el terapeuta cognitivo-conductual intentará abordar
sus casos desde una perspectiva “optimista-realista”;
una visión pesimista merma las posibilidades de éxito.
Si a raíz de algún desorden emocional personal,
el psicólogo viera oscurecida su visión optimista,
entonces debería buscar ayuda psicológica para
sí mismo.
9. Adaptación al caso por caso
El profesional adaptará la aplicación
de las técnicas al estilo y la personalidad del paciente.
Si bien el tratamiento cognitivo-conductual tiende a ser planificado
y sistemático, ello no implica rigidez. La Terapia
Cognitivo Conductual no consiste en la aplicación
“mecánica” de procedimientos técnicos.
Estos deben ser ajustados por el terapeuta al caso en cuestión.
Así, el estilo de comunicación con un adolescente
diferirá del utilizado con una persona de tercera edad.
10. Autocontrol del propio comportamiento
del terapeuta
El terapeuta cognitivo conductual debe atender
a algunas pautas formales de su propio comportamiento. Ello
atañe a aspectos tales como el volumen de la voz o
la postura física que adopta. Si el psicólogo
ha atendido a muchos pacientes en un solo día entonces,
podría mostrar señales de cansancio en la expresión
de su rostro, en la pose que toma al sentarse o en la entonación
de sus palabras.
Sin lugar a dudas, el psicólogo constituye
un modelo de especial relevancia para sus pacientes, en este
sentido, es que debe prestar especial atención a su
propia conducta. Así, por ejemplo, si un paciente desea
dejar de fumar, el terapeuta no debería fumar frente
a él; si presenta dificultades de autoorganización,
el terapeuta no debería atenderlo con demoras importantes
o cancelarle las consultas con escasa anticipación.
En fin, la conducta del psicólogo habrá de ser
congruente con lo que pregona durante el curso del tratamiento.
En suma, el manejo de la relación con
el paciente se revela como un punto clave del proceso terapéutico.
Ella debe acompañarse, naturalmente, del conocimiento
de los paradigmas teóricos y los procedimientos técnicos
propios del enfoque. La integración de ambos elementos,
esto es, la selección de técnicas científicamente
validadas pero aplicadas en el contexto de un vínculo
humano bien conducido, potenciará el horizonte de posibilidades
de la Terapia Cognitivo Conductual.
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