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Por:
Lic. Carmela Rivadeneira, Lic. José Dahab y Lic. Ariel
Minici
El
trastorno de ansiedad generalizada (T.A.G.) se caracteriza
por la presentación de preocupaciones y ansiedad excesivas.
Contrariamente a otros desórdenes en los cuales hallamos
un origen delimitado para la ansiedad, en el T.A.G. aparecen
temores prolongados, globales e indefinidos, que no aparentan
vincularse con estímulos, objetos o circunstancias
puntuales. En pocas palabras, las personas que padecen un
T.A.G. se encuentran constantemente preocupadas por
todo, por lo que sucede o podría suceder,
incluso en ausencia de indicios de dificultades futuras.
Mencionamos a continuación los síntomas más
habituales en las personas que sufren un T.A.G.:
ooo- Se preocupan excesivamente
por diversos temas, incluso aquéllos de muy poca importancia.
ooo- Poseen un amplio y variado
conjunto de temores que los mantienen constantemente “alertas”.
ooo- Anticipan e imaginan eventos
negativos permanentemente, es decir esperan “lo peor”.
ooo- Sufren de tensión
muscular, lo cual muchas veces conduce a fuertes dolores y
contracturas.
ooo- Muestran dificultades para
concentrarse y, como consecuencia, también frecuentemente
para tomar decisiones.
ooo- Sienten fatiga, irritabilidad
y muy a menudo, sufren de insomnio.
Las
teorías psicológicas actuales han señalado
a la preocupación excesiva y patológica como
el síntoma patognomónico del T.A.G., esto es,
su marca de identidad. Se estima que aproximadamente el 90%
de las personas que sufren de este problema responden afirmativamente
a la siguiente pregunta simple: “¿Se preocupa
usted en exceso sobre cuestiones menores?”
Sabemos que la tendencia a preocuparse se vincula íntimamente
con una sobreestimación del riesgo percibido, especialmente
en situaciones ambiguas. Pero esto no es ningún dato
novedoso. En efecto, todos los trastornos de ansiedad comparten
de una u otra forma un común denominador conocido como
vulnerabilidad psicológica incrementada.
En pocas palabras, esto se resume en que las personas con
problemas de ansiedad tienden a percibir las situaciones exageradamente
más amenazantes y peligrosas al tiempo que minimizan
sus habilidades para enfrentarse a las mismas. Naturalmente,
nos referimos a un proceso automático, con escasa o
nula mediación consciente.
Más particularmente, en el T.A.G., la vulnerabilidad
psicológica aumentada adopta la forma de preocupaciones
recurrentes, sea sobre temas importantes o triviales. Es característico
un pensamiento poco claro, con imágenes catastróficas
difusas y frases incompletas; el paciente piensa en destellos
y fragmentos, con términos altamente globales e inespecíficos.
Expresiones tales como “y si me pasa algo…”,
“y si las cosas salen mal…”, “y si…”,
suelen jugar la introducción de cadenas cognitivas
que realzan la amenaza, el peligro, el riesgo.
En consonancia con lo anterior, una de las primeras líneas
de intervención apunta a enseñar a los pacientes
a definir de manera clara y precisa sus preocupaciones, convirtiendo
así las cogniciones distorsionadas difusas en pensamientos
delimitados, expresados concreta y operativamente. Por ejemplo,
un pensamiento como “estoy haciendo todo mal”
o “mi vida es un desastre” se podría traducir
en “no sé estudiar adecuadamente, pierdo mi tiempo
en actividades poco importantes, por eso se me dificulta rendir
los exámenes”. Fácilmente se observa que
la segunda cognición identifica un problema, lo circunscribe
y abre, por lo tanto, alternativas de solución. Dividir
la ansiedad global en segmentos identificados y manejables
ayudará a la persona a percibir las diversas situaciones
de manera acotada y afrontar más adecuadamente la ansiedad
asociada a cada una de ellas.
Las preocupaciones del T.A.G. pueden clasificarse en tres
grandes grupos. Primero, aquéllas sobre problemas inmediatos
anclados en la realidad y que por ende, son modificables.
Aquí se trabaja la orientación emocional inicial
hacia el problema, vale decir, la reacción de ansiedad
automática que conduce a catastrofizar hasta los ajetreos
cotidianos menores como realizar trámites bancarios
o reparaciones menores en la casa. Segundo, preocupaciones
acerca de problemas reales pero no modificables, tales como
trabas laborales por coyunturas económicas. En estos
casos, el entrenamiento en resolución de problemas
con objetivos centrados en las emociones suele ser la técnica
de elección de primera línea pues la meta consiste
en adaptarse a las circunstancias e incrementar la tolerancia
a las frustraciones. Finalmente, los pacientes con T.A.G.
acostumbran preocuparse por problemas altamente improbables
que no se basan en la realidad y son, por ende, no modificables.
Caer gravemente enfermo o afrontar un cataclismo climatológico
representan ejemplos característicos. En este contexto,
las preocupaciones se entienden como una cadena verbal que
actúa evitando el surgimiento de una imagen visual
catastrófica y que, por lo tanto, se refuerza negativamente.
Lo que acabamos de mencionar se refiere a un principio de
funcionamiento psicológico cuya explicación
excede los objetivos de este artículo. Baste comentar
que este grupo de preocupaciones se aborda con exposición
funcional cognitiva aplicada a las imágenes catastróficas
provocadoras de temor.
Ahora bien, si los pacientes con T.A.G. se parecen a los otros
pacientes con trastornos de ansiedad en relación a
su vulnerabilidad psicológica incrementada, ¿por
qué su ansiedad se manifiesta primordialmente a través
de preocupaciones generalizadas, en temas diversos y disímiles?
Justamente, esta constituye una de las cualidades más
lastimosas del diagnóstico; en efecto, quienes lo padecen
refieren un fuerte sufrimiento a la par de una marcada incapacidad
de disfrutar ya que sus preocupaciones se esparcen por casi
cualquier situación, tiñendo negativamente hasta
los momentos más felices.
Si bien no hay respuestas definitivas, las investigaciones
apuntan a la intolerancia a la incertidumbre
como uno de los ejes centrales del trastorno. Expliquémoslo
brevemente. Todas las situaciones que atravesamos los humanos
cuentan con un grado variable de “no saber”, es
decir, nunca tenemos absoluta certeza de cómo van a
desarrollarse los eventos. No obstante, en función
de experiencias pasadas que han dejado en nosotros marcas
de aprendizaje, efectuamos una estimación rápida
de probabilidades y, consecuentemente, actuamos sintiéndonos
seguros en la gran mayoría de nuestros quehaceres diarios.
La persona con T.A.G. centra justamente su atención
en aquellos detalles menores que recuerdan que no podemos
estar totalmente seguros de cómo se desenvolverán
las cosas, pero al mismo tiempo eso es lo que no tolera. Paradójicamente,
la persona quiere estar segura: segura de que no se va a enfermar,
segura de que no tendrá un accidente, segura de que
su pareja no lo dejará, segura en cualquier contexto
donde el riesgo resulta inevitable. Es en este sentido que
quien padece de T.A.G. debe aprender a tolerar riesgos. Vivir
implica riesgos, inevitablemente, siempre existe la posibilidad,
aunque sea mínima, de que las cosas no salgan como
uno desea. Por supuesto, las técnicas de reestructuración
cognitiva son las estrategias de intervención indicadas
para esta arista del cuadro.
En síntesis, el T.A.G. se entiende como un desorden
psicopatológico complejo y multifacético. La
investigación científica ha develado gran parte
de los procesos psicológicos que explican su funcionamiento,
derivando de ellos tecnologías de intervención
cada vez más precisas. En consonancia con ello, los
tratamientos consisten en programas multicomponentes que incluyen
las técnicas aquí mencionadas, esto es, entrenamiento
en resolución de problemas, exposición funcional
cognitiva y reestructuración cognitiva; pero también
otras estrategias de intervención tales como el control
estimular de la preocupación o la relajación
muscular autoaplicada, entre otras. Este trabajo de investigación
continúa, la psicología del T.A.G. se halla
lejos de ser aún bien comprendida.
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