| Por:
Lic. José Dahab, Lic. Ariel Minici y Lic. Carmela Rivadeneira
El trastorno
obsesivo compulsivo (T.O.C.) se caracteriza, como de su nombre
se desprende, por la presencia tanto de obsesiones como de
compulsiones. Las obsesiones consisten en pensamientos, impulsos
o imágenes recurrentes y persistentes, experimentados
como intrusos e inapropiados, causantes de ansiedad o malestar.
Las compulsiones son comportamientos o actos mentales repetitivos
que la persona se ve obligada a efectuar como respuesta a
las obsesiones. Si bien las compulsiones tienen por objetivo
aliviar el malestar o prevenir acontecimientos negativos,
ellas no se hallan conectadas de manera lógica y racional
con los peligros que intentan ahuyentar. Esto otorga frecuentemente
a las compulsiones un carácter mágico, que raya
con lo delirante. Veamos un ejemplo de lo que acabamos de
mencionar. Estando en un restaurante, a Juliana se le presenta
involuntariamente la idea de que podría tomar uno de
los cuchillos que hay sobre la mesa y agredir a alguna de
las personas presentes. Aunque ella reconoce esta imagen como
ajena, no deja de provocarle un malestar importante, el cual
sólo alivia a través de la repetición
subvocal sistemática, durante cuatro minutos exactos,
de las palabras “Dios mío, protégeme por
favor”.
Naturalmente,
existe una relación funcional entre obsesiones y compulsiones:
las obsesiones conducen al aumento del malestar emocional,
las compulsiones constituyen un intento de aliviarlo. En otras
palabras, las compulsiones operan para reducir o neutralizar
la incomodidad subjetiva ocasionada por las obsesiones. Es
por eso que en el ejemplo de Juliana, ella efectúa
la compulsión de repetirse “Dios mío,
protégeme por favor” luego de que se le imponga
la obsesión de que podría agredir a alguien.
No obstante, las compulsiones sólo conforman intentos
fallidos de limitar la ansiedad derivada de las obsesiones.
En efecto, el alivio experimentado resulta generalmente efímero
pues las mismas compulsiones suelen conducir a otras obsesiones
que requerirán de nuevas conductas compulsivas que
las neutralicen; dando lugar así a un círculo
vicioso del cual el paciente se ve imposibilitado de escapar;
todo esto, por supuesto, acompañado de un gran padecimiento.
Y en este punto, no está de más remarcar que
las compulsiones no se restringen a meros actos mentales verbales
repetitivos sino que muchas veces adoptan formas conductuales
dramáticamente sufrientes. En este sentido, son bien
conocidos los casos de excesivos lavados conducentes a daños
en la piel o aquéllos otros en los que predominan los
rituales de comprobación y que transforman un acto
sencillo como el salir de la casa en un complejo y largo proceso
de verificaciones de llaves de gas, cerraduras o enchufes.
En pocas palabras, aparte de que las compulsiones consiguen
únicamente un escape inmediato de la ansiedad, que
no otorga ninguna solución de largo plazo al problema
de fondo; ellas mismas llevan de suyo una fuente importantísima
de sufrimiento.
El
tratamiento del trastorno obsesivo-compulsivo
Tradicionalmente,
el T.O.C. se ha mostrado resistente a las terapéuticas.
Y si bien en la actualidad tanto los desarrollos psicológicos
como farmacológicos han redundado en una mejora sustancial
del pronóstico del cuadro; a decir verdad, el tratamiento
de este desorden continúa presentando importantes dificultades.
Por ello, los abordajes actuales consisten en programas multicomponentes
integrados por varios procedimientos técnicos que se
han probado efectivos.
Tal
como sucede en la mayoría de las aplicaciones cognitivo
conductuales, la psicoeducación se
revela como una herramienta imprescindible en las fases iniciales
de la intervención. Una explicación lógica
y razonable, al correr de la investigación científica
y del sentido común, da al paciente un primer marco
de contención afectiva y de motivación para
el cambio. Adoptando desde el mismo inicio un enfoque pragmático
de solución de problemas, el terapeuta brinda en términos
sencillos información acerca de la psicología
general del desorden. Esto incluye una descripción
y conceptualización de la sintomatología, una
explicación racional acerca de cómo ella se
produce y mantiene. Particularmente importante resulta el
entendimiento de la relación entre las obsesiones y
compulsiones, pues ello redundará en un mayor compromiso
y aceptación por parte del paciente de uno de los medios
técnicos más utilizados, la exposición
y prevención de la respuesta.
La
exposición y prevención de la respuesta
se ha transformado en la principal y primera línea
de intervención en el tratamiento del T.O.C. Este hecho
obedece, naturalmente, a lo que las investigaciones sobre
la efectividad de las terapias psicológicas señalan
ya sin lugar a dudas: aproximadamente el 80 % de los pacientes
con T.O.C. tratados con la mencionada técnica remiten
totalmente el cuadro o mejoran en más de un 80 % su
sintomatología. Este dato nos orienta hacia dos colusiones
importantes. Primero, la exposición y prevención
de la respuesta es un método efectivo, por lo tanto
siempre habrá de constituir un ingrediente esencial
en los programas terapéuticos del T.O.C. Segundo, un
20 % de los paciente no responden bien a él, lo cual
significa que debemos diseñar operatorias más
amplias con el objetivo de cubrir el espectro de efectividad
dejado vacante. En esta línea, se han propuesto diversos
recursos cuya efectividad se ha establecido más parcialmente.
La
discusión cognitiva se aplica con
éxito aceptable al T.O.C. Aunque el formato general
de la técnica ha sido respetado, se introdujeron cambios
a fines de adecuarla a los procesos psicopatológicos
propios de este trastorno. En esta línea, sobresale
el planteo de Salkovskis, quien ha enfatizado un modelo que
contempla la diferencia entre las obsesiones y los pensamientos
automáticos. Más puntualmente, él destaca
la importancia de no discutir las obsesiones, sino los pensamientos
automáticos derivados de ellas.
La
sobreestimación del riesgo y sus consecuencias se manifiesta
como un rasgo tan sobresaliente del T.O.C. que algunos autores
como Van Oppen y Arntz han llegado a postular que éste
debe constituir el foco principal de los procedimientos cognitivos.
En esta línea, la revalorización del
riesgo y sus consecuencias se ha evidenciado como
una técnica efectiva en lo que concierne a la modificación
de percepciones exageradas sobre la probabilidad de sucesos
negativos futuros. La versión planteada por Hoekstra
combina el análisis de las secuencias de hechos temidos
con el diseño de experimentos conductuales a los fines
de alcanzar estimaciones más realistas sobre las catástrofes
imaginadas.
Existen,
tal como se dijo anteriormente, un amplio conjunto de herramientas
terapéuticas aplicables al T.O.C. Baste aquí
sólo mencionar algunas otras importantes como la discusión
cognitiva aplicada a la revalorización de la responsabilidad
o los enfoques metacognitivos dirigidos a la modificación
de los procesos atencionales. Dada la complejidad del cuadro
en cuestión y en vistas de que ningún procedimiento
aislado ha logrado una tasa de eficacia satisfactoria, la
operación conjunta de las técnicas, diagramadas
en un programa terapéutico coherentemente planificado,
es hoy la elección más aconsejada de tratamiento
para el T.O.C.
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